El socialismo del conservadurismo

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Esta es la traducción del capítulo 5 del libro A Theory of Socialism and Capitalism de Hans-Hermann Hoppe.

En los dos capítulos anteriores las formas de socialismo más conocidas e identificadas como tales, y que derivaron básicamente de las mismas fuentes ideológicas, fueron discutidas: el socialismo de tipo ruso, más claramente representados en su momento por los países del bloque comunista de Europa Oriental; y el socialismo de tipo socialdemócrata, con sus representantes más típicos siendo los partidos socialistas y socialdemócratas en Europa Occidental y en menor grado por los “liberals” en Estados Unidos. Las reglas de propiedad subyacentes a sus políticas fueron analizadas y fue planteada la idea de que uno puede aplicar los principios de propiedad del socialismo de tipo ruso o de tipo socialdemócrata en distintos grados: uno puede socializar todos los medios de producción o sólo un puñado, uno puede confiscar vía tributos y redistribuir todo el ingreso y casi todos los tipos de ingreso, o uno puede hacerlo en una proporción menor de sólo algunas formas de ingresos. Pero, como fue demostrado por medios teóricos y también de forma menos rigurosa a través de evidencia empírica ilustradora, en la medida en que uno se aproxime a estos principios y no abandone de una vez por todas la noción de derechos de propiedad para los no productores (no usuarios) y no contratistas, el resultado será el empobrecimiento relativo.

Este capítulo mostrará que lo mismo es cierto con respecto al conservadurismo, pues este, también, es una forma de socialismo. El conservadurismo también genera pobreza, y mucho más mientras más resueltamente se aplique. Pero antes de adentrarnos en un análisis económico sistemático y detallado de las formas peculiares en que  el conservadurismo causa este efecto, sería apropiado darle un breve vistazo a la historia, de forma en que podamos entender mejor por qué el conservadurismo es en efecto socialismo, y cómo se relaciona con las dos formas igualitaristas de socialismo discutidas previamente.

A grosso modo, antes del siglo XVIII en Europa y alrededor del mundo, existía un sistema social de “feudalismo” o “absolutismo” que en realidad era feudalismo a mayor escala.1 En términos abstractos, el orden social feudalista estaba caracterizado por un señor regional que reclamaba la propiedad sobre algún territorio, incluyendo todos sus recursos y bienes, y con bastante frecuencia de todas las personas ubicadas en este, sin existir apropiación original de ellos a través del uso o trabajo, y sin tener un contrato con ellas, respectivamente. Por el contrario, el territorio, o mejor dicho, las partes de él y los bienes ubicados sobre él, habían sido ya activamente ocupados, usados y producidos por otras personas antes (los “propietarios naturales”). Por ende, los alegatos de propiedad de los señores feudales se derivaban de la nada. Por tanto, la práctica, basada en estos derechos de propiedad, de arrendar tierra y otros factores de producción a los propietarios  naturales a cambio de bienes y servicios unilateralmente fijados por el amo feudal tenía que ser ejecutada contra la voluntad de estos propietarios naturales por medio de violencia armada y fuerza bruta, con la ayuda de una casta de militares nobles que eran recompensados por el amo permitiéndoseles participar y compartir esos métodos de explotación y sus frutos. Para el hombre común sometido a este orden de las cosas, la vida significaba tiranía, explotación, estancamiento económico, pobreza, hambruna y desesperanza.2

Como podría esperarse, hubo resistencia a este sistema. Sin embargo, y curiosamente (desde una perspectiva contemporánea), no era la población campesina la que sufría el orden existente, sino los mercaderes y comerciantes quienes se volvieron los opositores activos del sistema feudal.  El comprar a un precio más bajo en un lugar, viajar y vender a un precio más alto en un lugar distinto, como hacían, volvía relativamente débil su subordinación a cualquier señor feudal. Eran esencialmente una clase de hombres “internacionales”, cruzando las fronteras de los distintos territorios feudales constantemente. Como tales, para hacer negocios requerían un sistema legal estable, internacionalmente válido: un sistema de reglas, válido independientemente de momento y lugar, que definiera propiedad y contrato, que facilitara la evolución de las instituciones de crédito, banca y seguros, esencial en cualquier negocio comercial de gran escala. Naturalmente, esto causó fricción entre los mercaderes y los señores feudales, siendo estos últimos representantes de sistemas legales regionales variados y arbitrarios. Los mercaderes se volvieron los disidentes del orden feudal, permanentemente amenazados y molestados por la casta de la nobleza militar que intentaba ponerlos bajo su control.3

Para huir de esta amenaza, los mercaderes se vieron forzados a organizarse y establecer puestos comerciales fortificados en los mismísimos confines de los centros de poder feudal. Como lugares de extraterritorialidad parcial y al menos parcial libertad, atrajeron rápidamente grupos crecientes de campesinos que huían de la explotación feudal y la miseria económica, y se volvieron pequeños pueblos, motivando el desarrollo de actividades y emprendimientos que no podrían haber emergido dentro de los confines de la explotación y la inestabilidad legal característicos del orden  feudal mismo. Este proceso fue más pronunciado donde los poderes feudales eran relativamente débiles y donde el poder estaba dispersado entre un gran número de señores feudales a veces muy pequeños y rivales. Fue en las ciudades del norte de Italia, las ciudades de la Liga Hanseática y en las de Flandes que el espíritu del capitalismo floreció por primera vez, y el comercio y la producción alcanzaron sus niveles más altos.4

Pero esta emancipación parcial de las restricciones y el estancamiento del feudalismo fueron solo temporales, y fueron proseguidos por la reacción y el declive. Esto se debió en parte a las debilidades internas en el movimiento de la nueva clase comerciante en sí misma. La forma de pensar feudal estaba demasiado arraigada en las mentes de los hombres, en términos de rangos asignados a la gente, de subordinación y de poder, y de que el orden debía ser impuesto mediante coerción. Por lo tanto, en los centros de comercio de reciente aparición, un nuevo conjunto de regulaciones y restricciones —esta vez de origen “burgués”— se estableció, se formaron gremios que limitaban la libre competencia y una oligarquía mercante emergió.5 Sin embargo, fue otro hecho aún más importante para este proceso reaccionario. En su camino a liberarse a sí mismos de las intervenciones explotadoras de los señores feudales, los mercaderes tuvieron que buscar aliados naturales. De forma muy comprensible, encontraron tales aliados entre aquellos que en la casta feudal, si bien eran comparativamente más poderosos que otros nobles, tenían sus centros de poder a una distancia relativamente mayor de las localidades comerciales que buscaban apoyo. Al alinearse a sí mismos con la clase mercantil, buscaban extender su poder más allá de su alcance actual a expensas de otros señores feudales más pequeños.6 Para lograr este objetivo primero otorgaron ciertas exenciones de las obligaciones “normales” que había para los sujetos del dominio feudal, a los centros urbanos emergentes, y así aseguraban su existencia como lugares de libertad parcial, y obtenían protección de los poderes feudales circundantes. Pero tan pronto como la alianza había tenido éxito en su intento conjunto de debilitar a los amos locales y el aliado “extranjero” de los pueblos mercantes se había establecido como el verdadero poder fuera de su territorio tradicional, este avanzaba y se establecía a sí mismo como un superpoder feudal, es decir, en una monarquía, con un rey que imponía sus reglas abusivas sobre aquellos en el sistema feudal ya existente. El absolutismo había nacido; y este no era nada sino feudalismo a gran escala, el declive económico otra vez se ponía en marcha, los pueblos se desintegraban, y el estancamiento y la miseria volvían.7

No fue sino hasta las postrimerías del siglo XVII e inicios del XVIII, en que el feudalismo estuvo bajo duro asedio realmente. Para entonces el ataque fue más severo, pues no era simplemente el intento de hombres pragmáticos —los mercaderes— de asegurarse esferas de libertad relativa para poder conducir sus asuntos. Era cada vez más una batalla ideológica luchada contra el feudalismo. La reflexión intelectual sobre las causas del auge y caída del comercio y la industria que se habían experimentado, y un estudio más intensivo de la ley romana y en particular de la ley natural, que habían ambas sido redescubiertas en el transcurso de la lucha de los mercaderes para desarrollar una ley mercante internacional y justificarla contra los alegatos rivales de la ley feudal, habían llevado a una comprensión más sólida del concepto de libertad, y de la libertad como un prerrequisito para la prosperidad económica.8 A medida que estas ideas, culminando en trabajos como “Dos tratados sobre el gobierno civil” de J. Locke en 1688 y “La riqueza de las naciones” de Adam Smith en 1776, permeaban y ocupaban las mentes de un círculo cada vez mayor de gente, el viejo orden perdía su legitimidad. La vieja forma de pensar en términos de lazos feudales gradualmente cedió el paso a la idea de una sociedad contractual. Finalmente, como expresiones externas de este distinto estado de las cosas en la opinión pública, se produjeron La Gloriosa en 1688 en Inglaterra, la Revolución americana de 1776 y la Revolución francesa de 1789; ya nada fue igual luego de que estas revoluciones ocurrieran. Aquellas probaron, de una vez y para la posteridad, que el viejo orden no era invencible, y encendieron una luz de esperanza para avanzar aún más en el camino hacia la libertad y la prosperidad.

El liberalismo, como se llamó el movimiento ideológico que generó estos acontecimientos monumentales, emergió de estas revoluciones más fuerte que nunca y se volvió por algo más de medio siglo la fuerza ideológica dominante en Europa Occidental. Fue el partido de la libertad y de la propiedad privada adquirida a través de la ocupación y el contrato, asignando al Estado meramente el rol de hacer cumplir estas reglas naturales.9 Con los residuos del sistema feudal aún funcionando por todas partes, aunque sacudido en sus fundamentos ideológicos, fue el  partido que representaba una sociedad liberalizada, desregulada y contractualizada, interna y externamente, es decir, tanto en asuntos domésticos como en asuntos y relaciones exteriores. Y mientras que bajo la presión de las ideas liberales las sociedades europeas se volvieron progresivamente libres de restricciones feudales, también se volvió el partido de la Revolución Industrial, que fue causada y estimulada por este mismo proceso de liberalización. El desarrollo económico fue echado a andar a un ritmo jamás antes experimentado por la humanidad. La industria y el comercio florecieron, y la formación y acumulación de capital alcanzaron nuevas alturas. Si bien el estándar de vida no se elevó inmediatamente para todos, se volvió posible sostener a una población importante, es decir, gente que solo unos años antes, bajo el feudalismo, hubiese muerto por hambre debido a la falta de riqueza económica, y que ahora podían sobrevivir. Además, con el crecimiento poblacional tomando lugar por debajo de la tasa de crecimiento del capital, ahora todos podían esperar de forma realista una mejora en sus estándares de vida a la vuelta de la esquina.10

Es frente a este trasfondo de la historia (algo abreviado, desde luego, tal como ha sido presentado) que el fenómeno del conservadurismo como forma de socialismo y su relación con las dos versiones de socialismo originadas en el marxismo puede ser visto y apreciado. Todas las formas de socialismo son respuestas ideológicas al desafío presentado por el avance del liberalismo; pero sus posiciones frente al liberalismo y al feudalismo —el viejo orden que el liberalismo había ayudado a destruir— difieren considerablemente. El avance del liberalismo había estimulado el cambio social a un ritmo, a un grado y en variaciones desconocidas hasta entonces. La liberalización de la sociedad significaba que cada vez más solo podrían mantener cierta posición social antes adquirida aquellos quienes lo hicieran al producir más eficientemente para las necesidades más urgentes de los consumidores voluntarios, con costos tan bajos como fuese posible, y basándose exclusivamente en relaciones contractuales con respecto a la obtención de factores de producción, y en particular, del recurso humano. Los imperios productivos construidos solamente por la fuerza temblaban bajo tal presión. Y dado que la demanda de los consumidores a la cual la estructura productiva debía adaptarse (y no viceversa) cambiaba constantemente, y el surgimiento de nuevos emprendimientos se volvía progresivamente menos regulado (en la medida en que era el resultado de apropiación original y/o contrato), ya nadie contaba con una posición relativa segura en la jerarquía de ingreso y riqueza. En lugar de eso, la movilidad social ascendente o descendente aumentó significativamente, ya que ni los dueños de factores productivos ni los dueños de servicios laborales seguían siendo inmunes a los cambios respectivos en la demanda. Ya no existían precios ni ingresos estables garantizados para ellos.11

El viejo marxismo y el nuevo socialismo socialdemócrata fueron la respuesta igualitarista a este desafío del cambio, la incertidumbre y la movilidad social. Como el liberalismo, apreciaron la destrucción del feudalismo y el avance del capitalismo. Se dieron cuenta de que fue el capitalismo el que liberó a la gente de los abusivos lazos feudales y producía enormes mejoras en la economía; y entendieron que el capitalismo, y el desarrollo de las fuerzas productivas traído por él, era un paso evolutivo necesario y positivo en la vía hacia el socialismo. El socialismo, como lo conciben esas dos corrientes, comparte las mismas metas del liberalismo: libertad y prosperidad. Pero supuestamente el socialismo da un paso adelante sobre los logros del liberalismo al suplantar al capitalismo —la anarquía de la producción de competidores privados que causa el cambio, la movilidad, incertidumbre y desazón en el tejido social ya mencionados— en su más alto grado de desarrollo por una economía racionalmente planeada y coordinada que previene que las inseguridades derivadas de este cambio se sientan a nivel individual. Desafortunadamente, desde luego, como los dos capítulos anteriores han demostrado suficientemente, es una idea bastante confundida. Es precisamente al hacer que los individuos se vuelvan insensibles al cambio por medio de medidas redistributivas que el incentivo de adaptarse rápidamente a cualquier cambio futuro desaparece, y por tanto el valor, en términos de la valoración de los consumidores, de la producción generada caerá. Y es precisamente debido a que un plan general suplanta lo que parecen ser múltiples planes descoordinados entre sí, que la libertad individual es reducida y, mutatis mutandis, el dominio de un hombre sobre otro se ve incrementado.

El conservadurismo, por otro lado, es la respuesta antiigualitaria, reaccionaria, a los cambios dinámicos puestos en marcha por una sociedad liberalizada: es antiliberal y, en vez de reconocer los logros del liberalismo, tiende a idealizar y glorificar el viejo sistema feudal como algo ordenado y estable.12 Al ser un fenómeno posrevolucionario, no aboga necesariamente ni de manera frontal por un retorno a la apuesta del statu quo prerrevolucionario y acepta ciertos cambios, aunque sea entre lamentos, como irreversibles. Pero le molesta poco cuando presencia que viejos poderes feudales que habían perdido todo o una parte de sus tierras a manos de propietarios naturales en el transcurso de la liberalización son reinstaurados a su antigua posición, y definitiva y abiertamente propaga la conservación del statu quo, es decir, la determinada distribución altamente desigual de la propiedad, la riqueza y el ingreso. Su idea es detener o frenar los cambios permanentes y los procesos de movilidad social traídos por el liberalismo y el capitalismo de forma tan completa como sea posible y, en su lugar, recrear un sistema social ordenado y estable en el que cada uno permanezca con seguridad en la posición que el pasado le había otorgado.13

Para lograrlo, el conservadurismo debe, y de hecho lo hace, abogar por la legitimidad de medios no contractuales en la adquisición y retención de propiedad y el ingreso derivado de ella, ya que fue precisamente el apoyo exclusivo en relaciones contractuales lo que causó la mismísima permanencia del cambio en la distribución relativa del ingreso y la riqueza. Así como el feudalismo admitía la adquisición y defensa de la propiedad y la riqueza por la fuerza, asimismo el conservadurismo es indiferente a que la gente haya adquirido o no su posición de ingresos y riqueza mediante la apropiación original y el contrato. En cambio, el conservadurismo considera apropiado y legítimo que una clase de propietarios ya establecida tenga el derecho de detener cualquier cambio social que considere una amenaza a su posición relativa en la jerarquía del ingreso y la riqueza, aún si los distintos propietarios-usuarios de los factores de producción no aceptan tal arreglo. El conservadurismo, entonces, debe ser considerado como el heredero ideológico del feudalismo. Y como el feudalismo debe ser descrito como socialismo aristocrático (lo cual debe quedar suficientemente claro en su caracterización en las líneas anteriores), entonces el conservadurismo debe ser considerado como el socialismo del establishment burgués. El liberalismo, al cual tanto las versiones igualitarias y conservadoras del socialismo son respuestas ideológicas, alcanzó el máximo de su influencia alrededor de mediados del siglo XIX. Probablemente sus últimos logros gloriosos fueron la abolición de las Leyes del Maíz en Inglaterra (1846), lograda por R. Coben, J. Bright y la liga contra la ley del maíz, y las revoluciones de 1848 de Europa continental. Entonces, debido a debilidades internas e inconsistencias en la ideología del liberalismo,14 las desviaciones y la división que las aventuras imperialistas de varios Estados nacionales habían generado, y finalmente pero no menos importante, debido al atractivo que las distintas versiones de socialismo con sus variadas promesas de seguridad y estabilidad tenían y tienen aún frente a un fuerte disgusto que el cambio y movilidad social dinámicos pueden generar en el público,15 el liberalismo empezó a declinar. El socialismo le suplantó cada vez más como fuerza ideológica dominante, revirtiendo de esa forma el proceso de liberalización y nuevamente imponiendo más y más elementos no contractuales (involuntarios) en la sociedad.16 En diferentes momentos y lugares, diversos tipos de socialismo han encontrado asidero en la opinión pública en distintos grados, así es que hoy en día se puede hallar huellas de todos ellos por todas partes y de la suma de sus respectivos efectos empobrecedores en el proceso de producción, el mantenimiento de la riqueza y la formación del carácter social. Pero es la influencia del socialismo conservador, en particular, el que debe ser señalado, especialmente debido a que es frecuentemente pasado por alto o subestimado. Si hoy en día las sociedades de Europa Occidental pueden ser descritas como socialistas, esto se debe en mucha mayor medida al socialismo de cuño conservador que al de ideas igualitarias. Es la forma peculiar en que el conservadurismo ejerce su influencia, no obstante, lo que explica por qué esto frecuentemente no se percibe. El conservadurismo no sólo configura la estructura social por medio de políticas públicas; especialmente en sociedades como las europeas donde el pasado feudal nunca fue totalmente derrumbado y un gran número de remanentes feudales sobrevivieron incluso al apogeo del liberalismo. Una ideología como el conservadurismo también ejerce su influencia, muy discretamente, simplemente al mantener el statu quo y permitir que las cosas continúen siendo hechas de acuerdo a las viejas tradiciones. ¿Cuáles son entonces los elementos específicamente conservadores de las sociedades actuales y cómo es que producen empobrecimiento relativo? Con esta pregunta, retornamos al análisis sistemático del conservadurismo y sus efectos económicos y socioeconómicos. Una caracterización abstracta de las normas sobre la propiedad que subyacen al conservadurismo y una descripción de estas normas desde la perspectiva de la teoría natural de la propiedad será nuevamente el punto de arranque. Existen dos de esas normas. En primer lugar, el socialismo conservador, al igual que el socialismo socialdemócrata, no prohíbe la propiedad privada. Por el contrario: todo —todos los factores de producción y toda la riqueza que no se utiliza para la producción— puede en principio ser poseído privadamente, vendido, comprado, arrendado, con la excepción de nuevo de solamente tales áreas como la educación, el tráfico y las comunicaciones, la banca central y la producción de seguridad. Pero luego en segundo lugar, ningún propietario es dueño de toda su propiedad ni de todo el ingreso que pueda derivarse de su uso. Más bien, parte de ello pertenece a la sociedad y la sociedad tiene el derecho de asignar el ingreso y la riqueza actuales y futuros a sus miembros individuales de tal manera que se preserve la distribución relativa antigua del ingreso y la riqueza. Y también es el derecho de la sociedad determinar qué tan grande o pequeña debe ser la porción de ingreso y riqueza que será administrada y qué se necesita exactamente para preservar una distribución determinada de ingreso y riqueza.17

Desde la perspectiva de la teoría natural de la propiedad, la organización de la propiedad del conservadurismo implica nuevamente una agresión contra los derechos de los propietarios naturales. Los propietarios naturales de las cosas pueden hacer lo que deseen con ellas, en tanto no cambien sin autorización la integridad de la propiedad de otros. Esto implica, en particular, su derecho a modificar su propiedad o destinarla a distintos usos para adelantarse a cambios anticipados en la demanda y así preservar o posiblemente mejorar su valor; y también les da el derecho a beneficiarse privadamente de los incrementos de valor en su propiedad que se generen de cambios no anticipados en la demanda, es decir, de cambios que fueron de buena fortuna, pero que no previeron ni efectuaron. Pero al mismo tiempo, ya que de acuerdo a los principios de la teoría natural de la propiedad cada propietario está protegido sólo de la invasión y la adquisición no contractual y transferencia de títulos de propiedad, también implica que todos corren el riesgo permanente y constante de que a través de cambios en la demanda o acciones de otros propietarios sobre su propiedad, el valor de sus propiedades caiga bajo su nivel dado. De acuerdo a esta teoría, sin embargo, nadie es dueño del valor que otros atribuyan a su propiedad y nadie, por tanto, en ningún momento dado, tiene el derecho de preservar y restaurar el valor de su propiedad. En claro contraste, el conservadurismo apunta precisamente a tal preservación o restauración de valoraciones y su distribución relativa. Pero esto sólo es posible, evidentemente, si tiene lugar una redistribución en la asignación de títulos de propiedad. Ya que el valor de la propiedad de nadie depende exclusivamente de las acciones individuales sobre su propiedad, sino también y de forma inevitable, de las acciones de otras personas realizadas con medios limitados bajo su propio control (y más allá de cualquier control de otros), para preservar los valores de las propiedades alguien —una persona o un grupo de ellas— se debería poder poseer legítimamente todos los medios escasos (mucho más allá de los que en realidad son controlados o usados por esta persona o grupo de ellas). Es más, este grupo debe literalmente poseer todos los cuerpos de las personas, ya que el uso que una persona hace de su cuerpo también puede influir (aumentar o disminuir) los valores existentes de la propiedad. Entonces, para poder lograrse la meta del conservadurismo, una redistribución de títulos de propiedad debe darse desde los usuarios-propietarios de recursos escasos hacia personas que, cualesquiera fuesen sus méritos pasados como productores, no hicieran uso actual o no hayan contratado aquellas cosas cuya utilización habían llevado al cambio en la distribución dada de valoraciones.

Comprendido esto, la primera conclusión con respecto al efecto económico general del conservadurismo emerge con claridad: con los propietarios naturales de las cosas siendo total o parcialmente expropiados en beneficio de los no usuarios, no productores y no contratistas, el conservadurismo elimina o reduce el incentivo de los primeros para hacer algo con respecto al valor de la propiedad existente y adaptarse a los cambios en la demanda. Los incentivos para estar alertas y anticipar cambios en la demanda, para adaptar rápidamente la propiedad existente y usarla de forma consistente con tales nuevas circunstancias, para aumentar sus esfuerzos productivos, y para ahorrar e invertir se ven reducidos, ya que los posibles beneficios de tal comportamiento ya no pueden ser cosechados privadamente sino que serán socializados. Mutatis mutandis, el incentivo de no hacer nada para evitar la pérdida de valor de la propiedad de uno por debajo del nivel actual se verá incrementado, ya que las posibles pérdidas resultantes de tal comportamiento ya no tendrán que ser cosechadas privadamente sino que serán también socializadas. De este modo, dado que todas esas actividades —evitar riesgos, ser perceptivos, adaptarse, trabajar y ahorrar— son costosas y requieren el uso de tiempo y posiblemente otros recursos escasos que podían ser usados alternativamente de otras maneras (para el ocio y el consumo, por ejemplo), habrá menos actividades del primer tipo y más del segundo, y como consecuencia el estándar general de vida caerá. Por lo tanto, uno tendrá que concluir que la meta conservadora de preservar las valoraciones existentes y la distribución de cosas valiosas entre los diferentes individuos sólo puede ser lograda a costa de una caída relativa generalizada en el valor general de los bienes recién producidos y de los bienes antiguos mantenidos, es decir, una menor riqueza social.

Probablemente ya se ha vuelto evidente que desde el punto de vista del análisis económico, existe una similitud asombrosa entre el socialismo conservador y el socialismo socialdemócrata. Ambas formas de socialismo implican una redistribución de títulos de propiedad desde los productores/contratistas a los no-productores/no-contratistas, y de ese modo ambas separan el proceso de producción y contrato del proceso de adquisición real de ingreso y riqueza. Al hacer esto, ambos socialismos vuelven la adquisición de ingreso y riqueza un asunto político; un asunto, entonces, en el transcurso del cual una persona o grupo impone su voluntad sobre el uso de los medios escasos sobre la voluntad de otros, renuentes a ello; ambas versiones de socialismo, aunque en principio declaren la propiedad total de todo el ingreso y la riqueza producidos en nombre de los no productores, permiten que sus programas sean implementados de forma gradual y llevados a cabo en distintos grados; y ambos, como consecuencia de todo esto, tienen que, en la medida en que sus respectivas políticas sean en efecto puestas en práctica, llevar a un empobrecimiento relativo.

La diferencia entre el conservadurismo y lo que ha sido llamado socialdemocracia radica exclusivamente en el hecho de que apelan a distinta gente o distintos sentimientos en la misma gente en cuanto se prefiera una forma distinta en que el ingreso y la riqueza quitados forzosamente a los productores sean luego redistribuidos a los no productores. El socialismo redistributivo asigna ingresos y riqueza a los no productores independientemente de sus logros pasados como propietarios de riqueza o generadores de ingreso, o incluso trata de erradicar tales diferencias. El conservadurismo, por otro lado, asigna el ingreso a los no productores de acuerdo con un pasado desigual de ingreso y riqueza y apunta a estabilizar la distribución del ingreso existente y las diferencias existentes.18 La diferencia es de este modo meramente una de psicología social: al favorecer distintos patrones de distribución, otorgan privilegios a diferentes grupos de no productores. El socialismo redistributivo particularmente favorece a los que no tienen entre los no productores, y expolia principalmente a los que tienen entre los productores; y, en consecuencia, tiende a encontrar a sus seguidores entre los primeros y a sus enemigos entre los últimos. El conservadurismo otorga privilegios especiales a los que tienen dentro del grupo de no productores y daña particularmente los intereses de los que no tienen entre la gente productiva; de tal modo que tiende a encontrar seguidores principalmente entre los primeros y propaga desesperanza, desazón y resentimiento entre este último grupo.

Pero aunque es cierto que ambos sistemas de socialismo son muy parecidos desde un punto de vista económico, la diferencia entre ellos con respecto a su fundamento sociopsicológico no deja de tener un impacto en su economía. Que quede claro que este impacto no afecta el empobrecimiento general resultante de la expropiación de productores (como se explicó arriba), que ambos tienen en común. En lugar de eso, influye sobre las decisiones que el socialismo socialdemócrata por un lado y el conservadurismo por el otro toman acerca de los instrumentos o técnicas específicos a su disposición para alcanzar sus objetivos distributivos. La técnica preferida por los socialdemócratas son los impuestos, como se describió y analizó en el capítulo anterior. El conservadurismo puede utilizar este instrumento también, desde luego; y en efecto tiene que hacer uso de él en algún grado, aunque fuera sólo para financiar la imposición de sus políticas. Pero la tributación no es su técnica preferida, y la explicación de esto se encuentra en la sociopsicología del conservadurismo. Dedicado a la preservación de un statu quo de posiciones de ingreso, riqueza y status social, los impuestos son un instrumento demasiado “progresista” para alcanzar objetivos conservadores. El recurrir a los impuestos significa que uno permitió que ocurran cambios en la distribución de la riqueza y el ingreso y sólo luego, cuando ya tuvieron lugar, uno rectifica las cosas y restaura el viejo orden de las cosas. Sin embargo, el proceder de esta forma no solo genera resentimientos, particularmente entre aquellos cuyos esfuerzos les llevaron a mejorar su posición relativa primero y luego son nivelados nuevamente. Pero también, al permitir que el progreso ocurra y luego tratar de deshacerlo, el conservadurismo debilita su propia justificación, es decir, su razonamiento de que cierta distribución del ingreso y la riqueza es legítima porque es la que siempre ha existido. Por tanto, el conservadurismo prefiere que los cambios no ocurran para empezar, y prefiere usar medidas políticas que prometan precisamente esto, o más bien, que prometan ayudar a que tales cambios sean menos evidentes.

Existen tres tipos de políticas de ese tipo: los controles de precios, las regulaciones y los controles de comportamiento, todas las cuales, desde luego, son medidas socialistas, como son los impuestos, pero todas ellas curiosamente han sido generalmente relegadas en los intentos de evaluar el grado total de socialismo en distintas sociedades, de la misma forma en que la importancia de los impuestos en este sentido ha sido sobrevalorada.19 Discutiré ahora esos esquemas específicos de políticas conservadoras.

Cualquier cambio en los precios (relativos) evidentemente causa cambios en la posición relativa de la gente que provee los respectivos bienes o servicios. Por tanto, para fijar su posición parecería que todo lo que se necesita hacer es fijar precios: esta es la justificación conservadora para introducir controles de precios. Para verificar la validez de esta conclusión, los efectos económicos de la fijación de precios necesitan ser examinados.20 Para empezar, se asume que un control de precios selectivo sobre un producto o grupo de productos ha sido puesto en vigor y que el precio fijado ha sido decretado como el precio por encima o por debajo del cual el producto podría no venderse. Ahora bien, en la medida en que el precio fijado es idéntico al del mercado, el control de precios simplemente será inefectivo. Los efectos peculiares de la fijación de precios solo pueden darse toda vez que no sean idénticos. Y dado que la fijación de precios no elimina las causas que generaron los cambios de precios, pero simplemente decreta que ninguna atención debe prestárseles, ello ocurre tan pronto como aparece cualquier cambio en la demanda, por la razón que sea, para el producto en cuestión. Si la demanda aumenta (y los precios, sin control, aumentarían también) entonces el precio fijado se convierte en la práctica en un precio máximo efectivo, es decir, un precio por encima del cual se vuelve ilegal vender. Si la demanda decrece (y los precios, sin control, caerían también) entonces el precio fijo se vuelve un precio mínimo efectivo, es decir, un precio por debajo del cual se vuelve ilegal vender.21

La consecuencia de imponer un precio máximo es un exceso de demanda para los bienes provistos. No todos los que desean comprar al precio fijado pueden hacerlo. Y esta escasez se prolongará mientras que a los precios no se les permita aumentar respondiendo a la mayor demanda, y por tanto, no existe posibilidad para los productores (quienes presuntamente habían estado produciendo hasta el punto en que los costos marginales, es decir, el costo de producir la última unidad del producto en cuestión, igualen la ganancia marginal) para dirigir recursos adicionales hacia la línea de producción específica, es decir, aumentando la oferta sin incurrir en pérdidas. Las colas, el racionamiento, el favoritismo, los pagos por debajo de la mesa y los mercados negros se volverán aspectos permanentes de la vida. Y los desabastecimientos y otros efectos secundarios que acarreen se incrementarán más, ya que ese exceso de demanda para los bienes con precios fijos se regará hacia otros bienes no controlados (en particular, desde luego, a los sustitutos), aumentarán sus precios y crearán un incentivo adicional para mover recursos desde las líneas de producción controladas hacia las no controladas.

Imponer un precio mínimo, es decir, un precio por encima del precio potencial de mercado y por debajo del cual las ventas se vuelven ilegales, mutatis mutandis produce un exceso de oferta por sobre la demanda. Existirá un exceso de bienes producidos que simplemente no encontrarán compradores. Y nuevamente: este exceso se prolongará mientras que a los precios no se les permita bajar habiendo bajado la demanda del bien en cuestión. Lagos de leche y vino, montañas de mantequilla y granos, para citar algunos ejemplos, se desarrollarán y crecerán; y a medida que los contenedores se llenen será necesario destruir repetidamente el exceso de producción (o, como alternativa, habrá de pagarse a los productores para que ya no produzcan tal exceso). El exceso de la producción se agravará aún más porque el precio artificialmente alto atrae una inversión de recursos mayor en esa área en particular, que entonces se volverán faltantes en otras líneas de producción donde hay en realidad una mayor necesidad de ellos (en términos de demanda de los consumidores), y donde como consecuencia, los precios de los productos se elevarán.

Los precios máximos o mínimos, en cualquier caso, los controles de precios generarán el empobrecimiento relativo. De cualquier manera llevarán a una situación en que existen demasiados recursos (en términos de demanda de los consumidores) en áreas productivas de menor importancia y no los suficientes en áreas de mayor importancia. Los factores de producción ya no pueden ser asignados para que las necesidades más apremiantes sean satisfechas primero, las siguientes en urgencia en segundo lugar, etc., o dicho con más precisión, para que la producción de cualquier bien determinado no se extienda por encima (o por debajo) del nivel en el cual la utilidad de la producción marginal caiga debajo (o se mantenga encima) de la utilidad marginal de cualquier otro producto. Más bien, la imposición de controles de precios significa que necesidades menos urgentes son satisfechas a costa de una satisfacción reducida de necesidades más urgentes. Y esto significa nada más que el estándar de vida se verá reducido. Que la gente desperdiciará su tiempo buscando bienes porque existe una oferta escasa o que se desecharán bienes porque se mantienen artificialmente en alta oferta son solo dos de los síntomas más conspicuos de esta riqueza social disminuida.

Pero esto no es todo. El análisis anterior también revela que el conservadurismo no podría ni siquiera alcanzar su objetivo de estabilidad distributiva por medio de un control de precios parcial. Con precios solo parcialmente controlados, las perturbaciones en las posiciones de ingreso y riqueza tendrían que darse de todos modos, ya que los productores en las áreas no controladas, o en líneas de producción con precios mínimos son favorecidos a expensas de aquellos en líneas controladas o en líneas de producción con precios máximos. Por lo tanto, seguirá existiendo un incentivo para que los productores individuales cambien de una línea de producción a otra diferente, una más rentable, con la consecuencia de que las diferencias en la capacidad de alerta empresarial y la habilidad para prever e implementar esos cambios rentables aparecerán y resultarán en perturbaciones del orden establecido. El conservadurismo entonces, si en realidad es intransigente en su compromiso con la preservación del statu quo, se ve obligado a expandir constantemente el círculo de bienes sujetos a controles de precios y efectivamente no puede detenerse antes de un control o congelamiento total de los precios.22 Solamente si los precios de todos los bienes y servicios, tanto de capital como de consumo, se congelan a cierto nivel, y el proceso de producción es así separado completamente de la demanda —en vez de desconectar la producción y la demanda solo en ciertos puntos o sectores como ocurre bajo el control parcial de precios—, parece posible preservar un orden distributivo en su totalidad. Nada sorprendente, sin embargo, es que el precio que debe pagarse por ese conservadurismo total es aún más alto que el de los controles parciales de precios solamente.23 Con el control total de los precios, la propiedad privada de los medios de producción es de hecho abolida. Aún puede haber propietarios privados nominalmente, pero el derecho a determinar el uso de su propiedad y de entablar en cualquier intercambio contractual que consideren beneficioso se pierde por completo. Las consecuencias de esta expropiación silenciosa a los productores son una reducción del ahorro y la inversión y, mutatis mutandis, un incremento en el consumo. Debido a que uno ya no puede obtener los frutos del propio trabajo que el mercado esté dispuesto a darnos, se pierde un motivo para trabajar. Y adicionalmente, ya que los precios están fijados —independientemente del valor que los consumidores otorguen a los productos en cuestión—, habrá también una razón menos para preocuparse por la calidad del tipo de trabajo o producto en particular que uno aún desempeñe o produzca, y por tanto la calidad de todos y cada uno de los productos caerá.

Pero aún más importante que esto es el empobrecimiento que resulta del caos en la asignación de recursos creado por los controles universales de precio. Mientras todos los precios de los productos, incluyendo los de los costos de producción y en particular de los salarios, estén congelados, la demanda de distintos productos aún cambia constantemente. Sin controles de precios, los precios seguirían la dirección de estos cambios y de ese modo crean un incentivo para retirarse de áreas productivas menos valoradas hacia áreas de producción más valoradas. Bajo controles universales de precio, este mecanismo es destruido completamente. Si la demanda de un producto aumenta, se generará desabastecimiento debido a que los precios no pueden elevarse, y consecuentemente, porque la rentabilidad de producir ese bien en particular no se ha alterado, no se atraerá hacia él factores productivos adicionales. Como consecuencia, el exceso de demanda, dejado insatisfecho, se regará hacia otros productos, elevando la demanda de ellos por encima del nivel que hubiera existido de otro modo. Pero aquí nuevamente, a los precios no se les permite elevarse respondiendo a una demanda mayor, y nuevamente se generará una escasez. Y así el proceso de trasladar la demanda de los productos requeridos con mayor urgencia a los productos de importancia secundaria, y de ahí a productos de aún menor relevancia, ya que nuevamente no puede satisfacerse la intención de todos de comprarlo al precio controlado, debe continuar y continuar. Finalmente, ya que no hay alternativas disponibles y el papel moneda que la gente aún tiene para gastar tiene un valor intrínseco menor que incluso el producto menos valorado disponible para la venta, la demanda excesiva se regará hacia productos cuya demanda había declinado originalmente. Por lo tanto, incluso en aquellas líneas de producción donde un excedente había aparecido como consecuencia de una demanda decreciente pero donde a los precios no se les había permitido bajar correspondientemente, las ventas se repondrán como consecuencia de una demanda insatisfecha en otro lugar de la economía; a pesar de los precios altos artificialmente fijados, el excedente se volverá vendible; y, con la rentabilidad así restablecida, una salida de capital será impedida incluso aquí.

La imposición del control total de los precios significa que el sistema de producción se ha vuelto completamente independiente de las preferencias de los consumidores para cuya satisfacción la producción es emprendida en realidad. Los productores pueden producir cualquier cosa y los consumidores no tendrán otra alternativa que comprarla, cualquiera que sea. Consecuentemente, cualquier cambio en la estructura productiva que se haga o se ordene hacer sin la ayuda de precios de libre movilidad no es sino dar palos de ciego, remplazando un conjunto arbitrario de bienes en oferta por otro igualmente arbitrario. Sencillamente ya no existe ninguna conexión entre la estructura de producción y la estructura de la demanda. A nivel de la experiencia del consumidor esto significa, como ha sido descrito por G. Reisman, “… inundar a la gente con camisas, mientras se les obliga a ir descalzos, o inundarles con zapatos obligándoles a ir descamisados; darles enormes cantidades de papel, pero no lápices o tinta, o viceversa; … en efecto, darles cualquier combinación absurda de bienes”. Pero claro, “… dar simplemente a los consumidores unas combinaciones de bienes es en sí mismo equivalente a un grave declive en la producción, ya que representa un igual perjuicio en el bienestar humano”.24 El estándar de vida no depende simplemente de un total físico de producción; depende muchísimo más de una distribución o proporcionalidad de los diversos factores de producción específicos para producir una composición bien balanceada de bienes de consumo variados. Los controles universales de precios, como ‘ultima ratio’ del conservadurismo, impiden que se produzca dicha composición bien balanceada. El orden y la estabilidad sólo se generan en apariencia; en realidad son medios que crean caos de asignación y arbitrariedades, y de ese modo reducen el estándar general de vida.

Además, y esto lleva a la discusión del segundo instrumento específico de política conservadora, es decir, las regulaciones, aún si los precios son controlados masivamente esto sólo puede salvaguardar un orden existente de distribución de ingresos y riquezas si se asume de forma irrealista que los productos tanto como los productores son “estacionarios”. Sin embargo, los cambios en el orden existente no pueden ser ignorados si existen nuevos y diferentes productos, si son desarrolladas nuevas tecnologías para producir productos, o si emergen productores adicionales. Todo esto llevaría a disrupciones en el orden existente, mientras que los viejos productos, tecnologías y productores, sujetos como están a los controles de precios, tendrían entonces que competir con productos y servicios nuevos y diferentes (los cuales, ya que son nuevos, no pueden haber estado bajo controles de precios), y perderían probablemente parte de sus renta establecida frente a los nuevos participantes en el transcurso de esta competencia. Para compensar tales disrupciones, el conservadurismo podría nuevamente utilizar como mecanismo los impuestos y de hecho hasta cierto punto lo hace. Pero permitir que las innovaciones ocurran primero sin impedimento y luego gravar las ganancias de los innovadores y restaurar el viejo orden, es, como se explicó, un instrumento demasiado progresista para una política del conservadurismo. El conservadurismo prefiere las regulaciones como medio para prevenir o enlentecer las innovaciones y los cambios sociales que estas provocan.

La forma más drástica de regular el sistema productivo sería simplemente prohibir cualquier innovación. Tal política, debe señalarse, tiene adherentes entre aquellos que critican el “consumismo” de otros, es decir, el hecho de que hoy en día existen ya “demasiados” bienes y servicios en el mercado, y que desean congelar o reducir la diversidad presente; y también, por razones ligeramente distintas, tiene adherentes entre aquellos que quieren congelar la tecnología productiva actual por miedo a que tales innovaciones tecnológicas, como las máquinas que ahorran trabajo humano, pudieran “destruir” empleos (existentes). Sin embargo, una prohibición frontal de todo cambio innovador casi nunca se ha dado —quizá con la reciente excepción del régimen de Pol Pot— debido a la falta de apoyo en la opinión pública que jamás pudo ser persuadida de que dicha política no sería extremadamente costosa en términos de pérdidas de bienestar. Bastante popular, sin embargo, ha sido un mecanismo algo moderado: si bien ningún cambio se prohíbe en principio, toda innovación debe ser aprobada oficialmente (aprobada, es decir, por gente distinta al propio innovador) antes de poder ser implementada. De este modo, el conservadurismo argumenta, se garantiza que las innovaciones sean socialmente aceptables, que el progreso sea gradual, que puedan ser introducidas simultáneamente por todos los productores y que todos puedan obtener sus ventajas. Los carteles forzosos, es decir, gubernamentalmente implementados, son los medios más populares para alcanzar este efecto. Al requerir que todos los productores, o que todos los productores de una industria, se vuelvan miembros de una única organización supervisora —el cartel—, se hace posible evitar el demasiado visible exceso de producción generado por los controles de precios mínimos, a través de la imposición de cuotas de producción. Por otra parte, las disrupciones causadas por cualquier acción innovadora pueden ser centralmente monitoreadas y moderadas. Pero mientras que este método ha ido ganando terreno constantemente en Europa y en un grado algo menor en Estados Unidos, y si bien ciertos sectores de la economía están de hecho ya sujetos a controles similares, el instrumento regulador socialista-conservador más popular y más frecuentemente utilizado es todavía aquel de establecer estándares predefinidos para categorías predefinidas de productos o productores a los cuales todas las innovaciones deben someterse. Estas regulaciones establecen el tipo de características que una persona debe poseer (otras aparte de las “normales” de ser el propietario legítimo de los bienes y no dañar la integridad física de la propiedad de otros a través de las acciones propias) para poder establecerse como productor de algún tipo; o estipulan la clase de pruebas (con respecto, por ejemplo, a materiales, apariencia o medidas) que un producto de un tipo determinado debe pasar antes de ser apenas aprobado en el mercado; o prescriben revisiones concretas que un avance tecnológico debe superar antes de ser aprobado como un método de producción nuevo. Con tales medidas regulatorias, las innovaciones no pueden ser ni completamente evitadas ni se puede evitar que algunos cambios puedan ser sorprendentes. Pero en la medida en que los estándares predefinidos a los que los cambios tienen que someterse deban ser necesariamente “conservadores”, es decir, formulados en términos de productos, productores y tecnologías existentes, sirven al propósito del conservadurismo en cuanto a que volverán realmente más lento el ritmo de cambios innovadores y el rango de posibles sorpresas.

En cualquier caso, toda esta clase de regulaciones, principalmente las primeras y menos directamente las últimas en mencionarse, llevarán a una reducción del estándar general de vida.25 Una innovación, desde luego, solo puede ser exitosa y permitir al innovador romper el orden existente de distribución de ingresos y riqueza si es más altamente valorada que productos antiguos alternativos. La imposición de regulaciones, sin embargo, implica una redistribución de títulos de propiedad desde los innovadores y hacia los productores, productos y tecnologías establecidos. Por lo tanto, al socializar total o parcialmente las posibles ganancias de ingresos y riqueza provenientes de cambios innovadores en el proceso de producción y mutatis mutandis al total o parcialmente socializar las posibles pérdidas provenientes de no innovar, el proceso de innovación se volverá más lento, habrá menos innovadores e innovaciones, y en su lugar emergerá una marcada tendencia a mantener las cosas tal y como están. Eso implica nada más y nada menos que el proceso de aumento de satisfacción del consumidor al producir bienes y servicios más altamente valorados en formas más eficientes y menos costosas es llevado a un estancamiento, o al menos se obstaculiza. De este modo, incluso si es de una forma distinta a los controles de precios, las regulaciones también harán que la estructura de producción se descoordine con la demanda. Y mientras que eso puede ayudar a salvaguardar una estructura de distribución de la riqueza existente, nuevamente debe ser pagado por un declive en la riqueza general que se incorpora a esa misma estructura de producción.

Finalmente, el tercer instrumento de política especialmente conservadora son los controles de comportamiento. Los controles de precio y las regulaciones congelan el lado de la oferta de un sistema económico y de esa forma lo divorcian de la demanda. Pero esto no impide que aparezcan cambios en la demanda; solamente hace que la oferta no pueda responder a ellos. Y así, puede ocurrir que no solo emerjan discrepancias, sino que se vuelvan dramáticamente evidentes como tales. Los controles de comportamiento son políticas designadas para controlar el lado de la demanda. Apuntan a evitar o retardar los cambios en la demanda para volver la falta de capacidad de respuesta del lado de la oferta menos visible, completando de ese modo la tarea del conservadurismo: la preservación del orden existente frente a cambios de cualquier tipo.

Los controles de precio y las regulaciones por un lado, y los controles de comportamiento por el otro, son entonces los dos aspectos complementarios de una política conservadora. Puede argumentarse con gran acierto que es ese lado de los controles de comportamiento la característica más distintiva de una política conservadora. Si bien las distintas formas de socialismo favorecen distintas categorías de personas no productivas y no innovadoras a expensas de diversas categorías de productores e innovadores potenciales, tanto como cualquier otra variante de socialismo, el conservadurismo tiende a generar gente menos productiva y menos innovadora, forzándoles a aumentar el consumo o a canalizar sus energías productivas e innovadoras hacia los mercados negros. Pero de todas las formas de socialismo, solamente el conservadurismo interfiere directamente con el consumo y los intercambios no comerciales. (El resto de formas de socialismo, desde luego, también tienen su efecto en el consumo, en la medida en que llevan a una reducción en el estándar de vida; pero a diferencia del conservadurismo, dejan al consumidor prácticamente libre con lo que sea que quede para su consumo). El conservadurismo no sólo debilita el desarrollo de nuestros talentos productivos; bajo el nombre del “paternalismo”, también busca bloquear el comportamiento de la gente en su rol de consumidores aislados o como partes de una relación en formas no comerciales de intercambio, y de ese modo también amordaza o suprime el talento propio para desarrollar un estilo de vida de consumidor que satisfaga mejor las necesidades recreativas propias.

Cualquier cambio en el patrón de comportamiento del consumidor tiene sus efectos económicos. (Si dejo más larga mi cabellera esto afecta a las peluquerías y la industria de las tijeras; si alguna persona se divorcia, esto afecta a los abogados y el mercado de vivienda; si empiezo a fumar cannabis, esto tiene consecuencias no sólo para el uso de tierra agrícola sino también para la industria de helados, etc.; y sobre todo, tal comportamiento desequilibra el sistema de valores de quien sea vea afectado por ello). Cualquier cambio puede así parecer un elemento disruptivo frente a la estructura conservadora de producción, el conservadurismo, en principio, tendría que considerar todas las acciones, el total de los estilos de vida de la gente en su rol como consumidores individuales o intercambiadores no comerciales como objetos apropiados de los controles de comportamiento. El conservadurismo total equivaldría al establecimiento de un sistema social en que todo excepto la forma tradicional de comportarse (que está explícitamente permitida) esté prohibido. En la práctica, el conservadurismo jamás iría tan lejos, ya que existen costos asociados a los controles y porque tendría que lidiar con una creciente resistencia en la opinión pública. El conservadurismo “normal”, entonces, se caracteriza en cambio por un número menor o mayor de leyes y prohibiciones específicas que prohíben y castigan varias formas de comportamiento no agresivo de consumidores aislado, o de personas que participan en intercambios no comerciales; de acciones, lo que significa, que si se realizan efectivamente, ni cambiarían la integridad física de la propiedad de nadie ni violarían el derecho de nadie a negarse  a cualquier intercambio que no parezca ventajoso, sino que más bien (solamente) quebrantaría el orden “paternal” establecido de valores sociales.

Nuevamente, el efecto de una política de controles de comportamiento, es en todo caso, el empobrecimiento relativo. A través de la imposición de tales controles no sólo un grupo de gente es afectado por el hecho de que ya no pueden participar de ciertos comportamientos pacíficos, sino que otro grupo se beneficia de tales controles en la medida en que ya no tiene que tolerar tales formas de comportamiento que les disgustan. Más específicamente, los perdedores en esta redistribución de derechos de propiedad son los usuarios-productores de las cosas cuyo consumo está ahora impedido, y ganan relativamente los no usuarios y no productores de los bienes de consumo en cuestión. De este modo, una nueva y diferente estructura con respecto a la producción o no producción es establecida y aplicada a una población. La producción de bienes de consumo ha sido vuelta más costosa ya que su valor ha caído como consecuencia de la imposición de controles respecto a su uso, y mutatis mutandis, la adquisición de satisfacción del consumidor mediante medios no productivos y no contractuales se ha hecho relativamente menos costosa. Como consecuencia, habrá menos producción, menos ahorro e inversión y una mayor tendencia, en lugar su lugar, a obtener satisfacción a expensas de otros mediante métodos políticos, es decir, agresivos. Y, en particular, en la medida en que las restricciones impuestas por controles de comportamiento impliquen los usos que una persona puede hacer de su propio cuerpo, la consecuencia será un menor valor atribuido al mismo y, en consecuencia, una reducción de la inversión en capital humano.

Con esto hemos llegado al final de nuestro análisis teórico del conservadurismo como una forma especial de socialismo. Nuevamente, para completar la discusión se hará algunos comentarios que ayuden a ilustrar la validez de las conclusiones anteriormente mencionadas. Al igual que en la discusión del socialismo socialdemócrata, estas observaciones ilustradoras deben ser leídas con precauciones: en primer lugar, la validez de las conclusiones obtenidas en este capítulo pueden y deben ser establecidas independientemente de la experiencia. Y segundo, en tanto a la experiencia y la evidencia empírica conciernen, desafortunadamente no existen ejemplos de sociedades que puedan ser estudiadas con respecto a los efectos del conservadurismo en la misma medida en que se puede con las otras variantes de socialismo y capitalismo. No existe un caso cuasi experimental de estudio de un país que por sí solo pueda proveerle a uno lo que se considera evidencia “notoria”. La realidad es más bien una en que todo tipo de políticas —conservadoras, socialdemócratas, marxista-socialistas y también liberal-capitalistas— están tan mezcladas y combinadas, que sus respectivos efectos no pueden ser usualmente conectados limpiamente con causas concretas, pero que deben ser desenredados y conectados una vez más a través de medios puramente teóricos.

Teniendo esto en cuenta, sin embargo, algo puede decirse sobre el desempeño real del conservadurismo en la historia. Una vez más la diferencia entre los estándares de vida entre Estados Unidos y los países de Europa Occidental (tomados en su conjunto) permite una observación que encaja con el cuadro teórico. Ciertamente, como se mencionó en el capítulo anterior, Europa tiene más socialismo redistributivo —como índica a grosso modo el nivel de impuestos— que Estados Unidos, y es más pobre debido a esto. Pero más notable aún es la diferencia que existe entre los dos con respecto al grado de conservadurismo.26 Europa tiene un pasado feudal que es palpable hasta nuestros días, en particular en la forma de numerosas regulaciones que restringen el comercio y la entrada a distintas industrias, y prohibiciones de acciones no agresivas, mientras que Estados Unidos está notablemente libre de un pasado así. Atado a esto está el hecho de que por largos periodos durante el siglo XIX y XX, Europa había sido moldeada por políticas de partidos más o menos explícitamente conservadores más que por cualquier otra ideología política, mientras que un partido genuinamente conservador nunca existió en Estados Unidos. En realidad, incluso los partidos socialistas de Europa Occidental fueron infectados en gran medida por el conservadurismo, en particular bajo la influencia de los sindicatos de obreros, e impusieron numerosos elementos socialistas-conservadores (regulaciones y controles de precio) en las sociedades europeas durante sus periodos de influencia (si bien ayudaron ciertamente a abolir algunos de los controles conservadores de comportamiento). En todo caso, dado que Europa es más socialista que Estados Unidos y sus estándares de vida son relativamente menores, esto se debe menos a la influencia del socialismo socialdemócrata en Europa y más a la influencia del socialismo del conservadurismo, como se indica no tanto por sus niveles más altos de impuestos en general, sino más bien por el significativamente más alto número de controles de precios, regulaciones y controles de comportamiento en Europa. Debo apresurarme en añadir que Estados Unidos no es más rico de lo que es actualmente ni muestra su vigor económico del siglo XIX, no sólo porque adoptó más y más políticas socialistas redistributivas a lo largo del tiempo, sino mucho más porque ese país también, fue gradualmente volviéndose presa de una ideología conservadora de querer proteger un statu quo en la distribución de ingresos y riqueza frente a la competencia, y en particular la posición de propietarios entre los productores existentes por medio de regulaciones y controles de precio.27

En un nivel incluso más global, otra observación calza con el cuadro teóricamente derivado del conservadurismo como causante de empobrecimiento. Ya que afuera del denominado mundo occidental, los únicos países que igualan el miserable desempeño económico de los regímenes de socialismo marxista son precisamente aquellas sociedades en Latinoamérica y Asia que jamás han roto seriamente con su pasado feudal. En estas sociedades, vastas áreas de la economía están incluso ahora completamente exentas de la esfera y la presión de la libertad y la competencia y están más bien encerradas en su posición tradicional por medios regulatorios, aplicados, como es de esperar, mediante la agresión absoluta.

A nivel de observaciones más específicas los datos también indican claramente lo que la teoría le llevaría a uno a esperar. Volviendo a Europa Occidental, pocas dudas puede haber de que de los países europeos más grandes, Italia y Francia son los más conservadores, especialmente si se comparan con las naciones del norte que, en cuanto a socialismo se refiere, han estado inclinándose más hacia su versión redistributiva.28 Mientras que el nivel de impuestos en Italia y Francia (gasto estatal como porción de su PNB) no es más alto que en el resto de Europa, estos dos países claramente exhiben más elementos socialistas-conservadores que en cualquier otra parte. Tanto Italia como Francia están plagadas literalmente de miles de controles de precios y regulaciones, volviendo altamente dudoso que algún sector de sus economías pueda ser llamado “libre” con alguna justificación. Como consecuencia (y tal como podría haberse predicho), el estándar de vida en ambos países es significativamente menor que aquel del norte de Europa, como cualquiera que viaja más allá de lugares netamente turísticos no puede dejar de notar. En ambos países, desde luego, uno de los objetivos del conservadurismo parece haber sido alcanzado: las diferencias entre los propietarios y no propietarios han sido muy bien preservadas —uno difícilmente encontrará diferencias de ingresos y riqueza tan extremas en Alemania o Estados Unidos como en Italia o Francia—, pero el precio es una caída relativa de la riqueza social. De hecho, esta caída es tan significativa que el estándar de vida para la clase baja y media-baja de ambos países es en el mejor de los casos tan solo un poco más alto que aquel de los países más liberalizados del bloque Oriental. Y las provincias sureñas de Italia, en particular, donde aún más regulaciones han sido amontonadas encima de aquellas en rigor en todo el resto del país, apenas han abandonado el bando de las naciones del tercer mundo.

Finalmente, como un último ejemplo que ilustra el empobrecimiento causado por las políticas conservadoras, la experiencia con el nacionalsocialismo en Alemania y en menor grado con el fascismo en Italia debe ser mencionada. A menudo no se entiende que ambos fueron movimientos socialista-conservadores.29 Es en tal forma, es decir, como movimientos dirigidos contra el cambio y las disrupciones sociales provocadas por las fuerzas dinámicas de una economía libre, que ellos —aparte de los movimientos de socialismo marxista— pudieron encontrar apoyo entre los propietarios establecidos, dueños de tiendas, agricultores y empresarios. Pero derivar de esto la conclusión de que debe haber sido un movimiento procapitalista o incluso la etapa más avanzada en el desarrollo del capitalismo antes de su deceso final, como hacen normalmente los marxistas, es completamente equivocado. En realidad, el enemigo más fervorosamente aborrecido por el fascismo y el nacionalsocialismo no era el socialismo como tal, sino el liberalismo. Desde luego, ambos detestaban el socialismo de los marxistas y bolcheviques, porque al menos ideológicamente eran internacionalistas y pacifistas (confiando en las fuerzas de la historia que llevarían a la destrucción del capitalismo desde adentro), mientras que el fascismo y el nazismo eran movimientos nacionalistas dedicados a la guerra y la conquista; y probablemente aún más importante con respecto a su apoyo público, porque el marxismo implicaba que los que tenían serían expropiados por los que no tenían y el orden social sería así trastornado, mientras que el fascismo y el nazismo prometían preservar el orden establecido.30 Pero, y esto es decisivo para su clasificación como movimientos socialistas (en lugar de capitalistas), perseguir ese objetivo implica —como se ha explicado en detalle anteriormente— una negación de los derechos del usuario-propietario individual de cosas a hacer con ellas lo que le parezca mejor (siempre que uno no dañe físicamente la propiedad de otro o participe de intercambios no contractuales), como la que resulta de una expropiación de los propietarios naturales por parte de la “sociedad” (es decir, por gente que ni produjo ni adquirió contractualmente las cosas en cuestión) como lo hace la política marxista. Y en efecto, para alcanzar este objetivo, tanto el fascismo como el nazismo hicieron exactamente lo que su clasificación como socialista-conservadores le llevaría a uno a esperar: establecieron economías altamente controladas y reguladas en que la propiedad privada existía todavía nominalmente, pero en la práctica había perdido su significado, ya que el derecho de determinar el uso de las cosas había sido casi completamente transferido a instituciones políticas. Los nazis, en particular, impusieron un sistema casi completo de controles de precios (incluyendo controles de salarios), concibieron la institución de planes cuatrienales (casi como en Rusia, donde los planes se extendían por un periodo de cinco años) y establecieron organismos de planificación y supervisión económicas que tenían que aprobar cualquier cambio significativo en la estructura productiva. Un “propietario” ya no podía decidir qué producir o cómo producirlo, de quién comprar o a quién vender, qué precios pagar o cobrar, o cómo implementar cualquier cambio. Todo esto, desde luego, creaba una atmósfera de seguridad. A todos se les asignaba una posición fija, y tanto asalariados como dueños de capital recibían un ingreso garantizado, en términos nominales, estable o incluso creciente. Además, los programas gigantescos de trabajos forzados, la reintroducción de la conscripción y finalmente la implementación de una economía de guerra fortalecieron la ilusión de expansión económica y prosperidad.31 Pero como podría esperarse de un sistema económico que destruye el incentivo del productor para ajustar sus planes a la demanda y evitar descoordinarse con ella, y que en la práctica separa la demanda de la producción, esta sensación de prosperidad probó no ser nada más que una ilusión. En la realidad, en términos de los bienes que la gente podía comprar con su dinero, el estándar de vida cayó no sólo en términos relativos, sino incluso absolutos.32 Y en cualquier caso, incluso dejando de lado toda la destrucción causada por la guerra, Alemania y en un grado menor Italia se vieron severamente empobrecidas luego de la derrota de los nazis y los fascistas.


Publicado en español originalmente en el libro ‘Libertad o Socialismo’. Revisión, edición, corrección y posterior adición de notas traducidas al español a cargo de Oscar Eduardo Grau Rotela.


Notas

1 Sobre el siguiente cf. en particular, el brillante ensayo de M. N. Rothbard “Left and Right: The Prospects for Liberty” en el mismo, Egalitarianism as a Revolt Against Nature, Washington, 1974.

2 Sobre la estructura social del feudalismo cf. M. Bloch, Feudal Society, Chicago, 1961; P. Anderson, Passages from Antiquity to Feudalism, Londres, 1974; R. Hilton (ed.), The Transition from Feudalism to Capitalism, Londres, 1978.

3 Cf. H. Pirenne, Medieval Cities: Their Origins and the Revival of Trade, Princeton, 1974, capítulo 5, esp. pp. 126 y siguientes; también cf. M.

4 Vale la pena resaltar que, contrariamente a lo que han enseñado varios historiadores nacionalistas, el resurgimiento del comercio y la industria fue causado por la debilidad de los Estados centrales, por el carácter esencialmente anárquico del sistema feudal. Esta idea ha sido enfatizada por J. Baechler en The Origins of Capitalism, Nueva York, 1976, esp. capítulo 7. Escribe: “La constante expansión del mercado, tanto en extensión como en intensidad, fue el resultado de la ausencia de un orden político que se extendiera por toda Europa Occidental”. (p. 73) “La expansión del capitalismo debe su origen y razón de ser a la anarquía política… El colectivismo y la gestión del Estado solo han tenido éxito en los libros de texto escolares (mire, por ejemplo, el juicio constantemente favorable que dan al colbertismo)”. (p. 77) “Todo poder tiende hacia lo absoluto. Si no es absoluto, esto es porque algún tipo de limitaciones han entrado en juego… aquellos en posiciones de poder en el centro intentaron incesantemente erosionar estas limitaciones. Nunca tuvieron éxito, y por una razón que también me parece ligada al sistema internacional: una limitación del poder para actuar externamente y la amenaza constante de asalto extranjero (las dos características de un sistema multipolar) implican que el poder es también limitado internamente y debe depender de centros autónomos de toma de decisiones y pueden usarlos solo con moderación”. (p.78)

Sobre el papel de las presiones ecológicas y reproductivas para el surgimiento del capitalismo cf. M. Harris, Cannibals and Kings, Nueva York, 1978, capítulo 14.

5 Cf. sobre esto el relato bastante entusiasta dado por H. Pirenne, Medieval Cities, Princeton, 1974, pp. 208ff.

6 Sobre esta coalición cf. H. Pirenne, Medieval Cities, Princeton, 1974. “El claro interés de la monarquía era apoyar a los adversarios del alto feudalismo. Naturalmente, se brindó ayuda siempre que fue posible hacerlo sin comprometerse con estas clases medias que al levantarse contra sus señores lucharon, a todos los efectos y propósitos, en los intereses de las prerrogativas de la realeza. Aceptar al rey como árbitro de sus disputas era, para las partes en conflicto, reconocer su soberanía… Era imposible que la realeza no tomara en cuenta esto y aprovechara cada oportunidad para mostrar su buena voluntad a las comunas que, sin pretender hacerlo, trabajaron tan útilmente en su favor ”(p. 179-80; cf. también pp. 227f).

7 Cf. P. Anderson, Lineages of Absolutism, Londres, 1974.

8 Cf. L. Tigar y M. Levy, Law and the Rise of Capitalism, Nueva York, 1977.

9 Cf. L. v. Mises, Liberalismus, Jena, 1929; también E. K. Bramsted y K. J. Melhuish (eds.), Western Liberalism, Londres, 1978.

10 Cf. F. A. Hayek (ed.), Capitalism and the Historians, Chicago, 1963.

11 Sobre la dinámica social del capitalismo y el resentimiento que provoca cf. D. Mc. C. Wright, Democracy and Progress, Nueva York, 1948; y Capitalism, Nueva York, 1951.

12 A pesar de su actitud generalmente progresista, la izquierda socialista tampoco está completamente libre de tales glorificaciones conservadoras del pasado feudal. En su desprecio por la “alienación” del productor de su producto, que por supuesto es la consecuencia normal de cualquier sistema de mercado basado en la división del trabajo, han presentado frecuentemente la mansión feudal económicamente autosuficiente como un modelo social acogedor y saludable. Cf., por ejemplo, K. Polanyi, The Great Transformation, Nueva York, 1944.

13 Cf. R. Nisbet, “Conservatism”, en: R. Nisbet y T. Bottomore, History of Sociological Analysis, Nueva York, 1978; también G. K. Kaltenbrunner (ed.), Rekonstruktion des Konservatismus, Berna, 1978; sobre la relación entre liberalismo y conservadurismo cf. F. A. Hayek, The Constitution of Liberty, Chicago, 1960 (Posdata).

14 Sobre las inconsistencias del liberalismo cf. capítulo 10, n. 21.

15 Normalmente, las actitudes de las personas hacia el cambio son ambivalentes: por un lado, en su papel de consumidores, las personas ven el cambio como un fenómeno positivo, ya que genera una mayor variedad de opciones. Por otro lado, en su papel de productores, las personas tienden a abrazar el ideal de estabilidad, ya que esto los salvaría de la necesidad de adaptar continuamente sus esfuerzos productivos a las circunstancias cambiantes. Es, entonces, en gran parte en su capacidad como productores que las personas prestan apoyo a los diversos esquemas y promesas de estabilización socialista, solo para así dañarse como consumidores. Escribe D. Mc. C. Wright en Democracy and Progress, Nueva York, 1948, p. 81: “De la libertad y la ciencia surgieron un rápido crecimiento y cambio. Del rápido crecimiento y el cambio surgió la inseguridad. De la inseguridad surgieron demandas que acabaron con el crecimiento y el cambio. Poner fin al crecimiento y el cambio acabó con la ciencia y la libertad”.

16 Sobre el liberalismo, su declive y el ascenso del socialismo cf. A. V. Dicey, Lectures on the Relation Between Law and Public Opinion in England during the Nineteenth Century, Londres, 1914; W. H. Greenleaf, The British Political Tradition, 2 vols., Londres, 1983.

17 Podría mencionar otra vez que la caracterización del conservadurismo también tiene el estatus de un tipo ideal (cf. capítulo 3, n. 2; capítulo 4, n. 8). Es el intento de reconstruir aquellas ideas que las personas, ya sea consciente o inconscientemente, aceptan o rechazan al adherirse o desprenderse de determinadas políticas o movimientos sociales. También se puede decir que la idea de una política conservadora como se describe aquí y a continuación es una reconstrucción razonable de la fuerza ideológica unificadora subyacente de lo que en realidad se etiqueta como “conservador” en Europa. Sin embargo, el término “conservador” se usa de manera diferente en Estados Unidos. Aquí, con bastante frecuencia, todo el que no es un (social-) demócrata liberal de izquierda es etiquetado como conservador. En comparación con esta terminología, nuestro uso del término conservador es mucho más restringido, pero también mucho más acorde con la realidad ideológica. Etiquetar todo lo que no es “liberal” (en el sentido estadounidense) como “conservador” pasa por alto las diferencias ideológicas fundamentales que —a pesar de algún acuerdo parcial sobre su oposición al “liberalismo”— existen en Estados Unidos entre libertarios, como defensores de un orden capitalista puro basado en la teoría natural de la propiedad, y los conservadores propiamente dichos, quienes, desde W. Buckley hasta I. Kristol, saludan nominalmente la institución de la propiedad privada, solo para ignorar los derechos de los propietarios privados siempre que se considere necesario para proteger los poderes políticos y económicos establecidos contra la erosión en el proceso de competencia pacífica. Y en el campo de los asuntos exteriores exhiben la misma falta de respeto por los derechos de propiedad privada a través de su defensa de una política de intervencionismo agresivo. Sobre la diferencia polar entre libertarismo y conservadurismo cf. G. W. Carey (ed.), Freedom and Virtue: The Conservative/Libertarian Debate, Lanham, 1984.

18 D. Mc. C. Wright (Capitalism, Nueva York, 1951, p. 198) describe correctamente que ambos —el liberalismo de izquierda, o más bien la socialdemocracia, y el conservadurismo— implican una expropiación parcial de productores/contratistas. Aunque luego malinterpreta la diferencia cuando la ve como un desacuerdo sobre la cuestión de hasta dónde debería llegar esta expropiación. De hecho, hay desacuerdo al respecto entre socialdemócratas y conservadores. Ambos grupos tienen sus “radicales” y “moderados”. Lo que los convierte en socialdemócratas o conservadores es una idea diferente sobre qué grupos deben ser favorecidos a expensas de otros.

19 Nótese la interesante relación entre nuestra tipología sociológica de políticas socialistas y la tipología lógica de intervenciones de mercado desarrollada por M. N. Rothbard. Rothbard (Power and Market, Kansas City, 1977, pp. 10ff) distingue entre “intervención autista” en la que “el interviniente puede ordenar a un sujeto individual que haga o no ciertas cosas cuando estas acciones involucran directamente a la persona o propiedad del individuo a/uno… (es decir) cuando el intercambio no está involucrado”; “intervención binaria” en la que “el interviniente puede imponer un intercambio forzado entre el sujeto individual y él mismo”; e “intervención triangular” donde “el interviniente puede obligar o prohibir un intercambio entre un par de sujetos” (p. 10). En términos de esta distinción, la marca característica del conservadurismo es su preferencia por la “intervención triangular” —y como se verá más adelante en este capítulo, la “intervención autista” en la medida en que las acciones autistas también tienen repercusiones naturales en el patrón de intercambios interindividuales— ya que tales intervenciones son especialmente adecuadas, de acuerdo con la psicología social del conservadurismo, para ayudar a “congelar” un patrón dado de intercambios sociales. En comparación con esto, el socialismo igualitario, en línea con su psicología “progresista” descrita, exhibe una preferencia por las “intervenciones binarias” (impuestos). Tenga en cuenta, sin embargo, que las políticas reales de los partidos socialistas y socialdemócratas no siempre coinciden precisamente con nuestra descripción típica-ideal del socialismo de estilo socialdemócrata. Si bien en general lo hacen, los partidos socialistas —sobre todo bajo la influencia de los sindicatos— también han adoptado políticas típicamente conservadoras hasta cierto punto y de ninguna manera se oponen totalmente a cualquier forma de intervención triangular.

20 Cf. en el siguiente M. N. Rothbard, Power and Market, Kansas City, 1977, pp. 24ff.

21 Aunque para estabilizar las posiciones sociales, es necesario congelar los precios y el congelamiento de precios puede resultar en precios máximos o mínimos, los conservadores favorecen claramente los controles de precios mínimos en la medida en que comúnmente se considera aún más urgente que se impida la erosión de la posición de riqueza absoluta —en vez de la relativa— de uno.

22 Sin duda, los conservadores no están de ninguna manera siempre dispuestos a llegar tan lejos. Pero lo hacen de forma recurrente; la última vez en Estados Unidos fue durante la presidencia de Nixon. Por otra parte, los conservadores siempre han mostrado una admiración más o menos abierta por el gran espíritu social unificador provocado por una economía de guerra que típicamente se caracteriza precisamente por controles de precios a gran escala.

23 Cf. G. Reisman, Government Against the Economy, Nueva York, 1979. Para un tratamiento apologético de los controles de precio, cf. J. K. Galbraith, A Theory of Price Control, Cambridge, 1952.

24 G. Reisman, Government Against the Economy, Nueva York, 1979, p. 141.

25 Sobre la política y la economía de la regulación cf. G. Stigler, The Citizen and the State: Essays on Regulation, Chicago, 1975; M. N. Rothbard, Power and Market, Kansas City, 1977, capítulo 3.3; sobre licencias cf. también M. Friedman, Capitalism and Freedom, Chicago, 1962, capítulo 9.

26 Cf. también B. Badie y P. Birnbaum, The Sociology of the State, Chicago, 1983, esp. pp. 107f.

27 Cf. sobre esto R. Radosh y M. N. Rothbard (eds.), A New History of Leviathan, Nueva York, 1972.

28 Cf. Badie y Birnbaum, The Sociology of the State, Chicago, 1983.

29 Cf. L. v. Mises, Omnipotent Government, New Haven, 1944; F. A. Hayek, The Road to Serfdom, Chicago, 1956; W. Hock, Deutscher Antikapitalismus, Frankfurt/M, 1960.

[30] Cf. uno de los principales representantes de la “Escuela Histórica” alemana, el “Kathedersozialisr” y naziapólogo: W. Sombart, Deutscher Sozialimus, Berlín, 1934.

31 Cf. W. Fischer, Die Wirtschaftspolitik Deutschlands 1918-45, Hannover, 1961; W. Treue, Wirtschaftsgeschichte der Neuzeit, vol. 2, Stuttgart, 1973; R. A. Brady, “Modernized Cameralism in the Third Reich: The Case of the National Industry Group”, en: M. I. Goldman (ed.), Comparative Economic Systems, Nueva York, 1971.

32 El ingreso bruto promedio de las personas empleadas en Alemania en 1938 (última cifra disponible) era (en términos absolutos, es decir, ¡sin tener en cuenta la inflación!) aún más bajo que el de 1927. Hitler comenzó entonces la guerra y los recursos se desplazaron cada vez más de usos civiles a no civiles, por lo que se puede asumir con seguridad que el estándar de vida disminuyó aún más y de manera más drástica a partir de 1939 en adelante. Cf. Statistisches Jahrbuch fuer die BRD, 1960, p. 542; cf. también V. Trivanovitch, Economic Development of Germany Under National Socialism, Nueva York, 1937, p.44.

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