La izquierda libertaria

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El anti-capitalismo de libre mercado, el ideal desconocido

La campaña presidencial de Ron Paul de 2008 introdujo a muchas personas al término “libertario”. Debido a que Paul es republicano y los republicanos, como los libertarios, hacen uso de la retórica del libre mercado y de la empresa privada, la gente naturalmente asume que los libertarios son una especie de rama peculiar de la derecha americana. Ciertamente, algunas posiciones libertarias casan mal con el conservadurismo mayoritario -la completa despenalización de la droga, el matrimonio legal del mismo sexo, y la crítica al estado de la seguridad nacional alejan a muchos en la derecha del libertarismo.

Sin embargo, la facción dominante del libertarismo parece todavía encontrarse en casa en ese lado del espectro político. Las alabanzas a los derechos de propiedad y la libre empresa -la convicción de la corriente libertaria de que el sistema capitalista norteamericano, a pesar de la intervención del gobierno, encarna fundamentalmente esos valores- parecen justificar esa conclusión.

Pero entonces uno se tropieza con pasajes como éste: “El capitalismo, que surge como una nueva sociedad de clases directamente de la vieja sociedad de clases de la Edad Media, fue fundado en un acto de robo tan masivo como la anterior conquista feudal de la tierra. Se ha sostenido hasta el presente gracias a una intervención estatal continua destinada a proteger su sistema de privilegios, sin el cual su supervivencia sería inimaginable”. Y esto: “construir la solidaridad de los trabajadores. Por un lado, esto significa la organización formal, incluyendo la sindicalización -pero no estoy hablando del modelo imperante de los sindicatos de empresa “… sino de los sindicatos de verdad, del tipo pasado de moda, comprometido con la clase obrera y no sólo con los miembros del sindicato, e interesados ​​en la autonomía del trabajador, no en el patrocinio del gobierno”.

Estos pasajes -el primero del independiente, Kevin Carson, el segundo del profesor de filosofía Roderick Long de la Universidad Auburn- se leen como si no vinieran de libertarios, sino de izquierdistas radicales, e incluso marxistas. Esa conclusión estaría únicamente equivocada a medias: estas palabras fueron escritas por libertarios de izquierda a favor del libre mercado. (El término preferido para su ideal económico es el de “mercado liberado”, acuñado por William Gillis.)

Estos autores -y un grupo creciente de colegas- se ven a sí mismos como libertarios e izquierdistas al mismo tiempo. Ellos son libertarios en el sentido de que creen en la legitimidad moral de la propiedad privada y el libre intercambio a la vez que se oponen a toda injerencia del gobierno en los asuntos personales y económicos -una dicotomía perniciosa y sin fundamento. Sin embargo, son izquierdistas en el sentido de que comparten las preocupaciones tradicionales de la izquierda sobre la explotación y la desigualdad por ejemplo; cuestiones que dejan de lado o ignoran completamente otros libertarios. Los libertarios de izquierda favorecen la solidaridad de los trabajadores vis-à-vis de los jefes, apoyan la ocupación por los pobres del gobierno o de la propiedad abandonada, y prefieren que los privilegios corporativos desaparezcan antes de de que sus restricciones reglamentarias puedan ser ejercidas. Ellos ven a Wal-Mart como un símbolo del favoritismo empresarial -apoyado por subsidios de carreteras y expropiaciones- ven la personalidad ficticia de la sociedad de responsabilidad limitada con sospecha, y dudan que las fábricas del Tercer Mundo, sean la “mejor alternativa” en ausencia de la manipulación del gobierno.

Los libertarios de izquierda tienden a evitar la política electoral, depositando poca confianza en las estrategias que funcionan en el gobierno. Ellos prefieren desarrollar instituciones alternativas y métodos de trabajo fuera del estado. La Alianza de la Izquierda Libertaria alienta la formación de activistas locales y organizaciones de ayuda mutua, mientras que su sitio web promueve grupos afines y publica artículos que elaboran en su filosofía. El nuevo Centro para una Sociedad sin Estado (C4SS) anima a los libertarios de izquierda a traer sus análisis de actualidad al público general a través de artículos de opinión.

Estos libertarios laissez-faire de izquierda no deben ser confundidos con otras variedades de libertarios de izquierda, como Noam Chomsky o Steiner Hillel, quienes, cada uno a su manera, se oponen a la apropiación individualista de los recursos naturales y a la desigualdad económica que los mercados libres pueden producir. Los libertarios de izquierda aquí considerados han sido llamados “libertarios de izquierda orientados al mercado” o “anarquistas de mercado”, aunque no todo el mundo en este campo es un anarquista.

Hay razones históricas para la colocación del libertarismo pro-mercado en la izquierda. En la primera mitad del siglo XIX, el economista liberal pro-laissez-faire Frederic Bastiat se sentó en el lado izquierdo de la Asamblea Nacional de Francia con otros opositores radicales del antiguo régimen, incluyendo a una variedad de socialistas. El lado derecho estaba reservado para los defensores reaccionarios de la monarquía absoluta y la plutocracia. Durante mucho tiempo “izquierda” significaba radical, incluso revolucionario, oposición a la autoridad política, impulsada por la esperanza y el optimismo, mientras que “derecha” significaba simpatía por un status quo de privilegios o el retorno a un orden autoritario. Estos términos se aplicaron incluso en Estados Unidos hasta bien entrado el siglo XX y sólo empezaron a cambiar durante el New Deal, que desencadenó las lamentables alianzas de conveniencia que se mantuvieron durante la Guerra Fría y posteriormente.

A riesgo de simplificar demasiado, existen dos fuentes del moderno libertarismo de izquierda pro-mercado: la teoría de la economía política formulada por Murray N. Rothbard y la filosofía conocida como “mutualismo” asociada con el anarquista pro-mercado Pierre-Joseph Proudhon -que estaba sentado con Bastiat en el lado izquierdo de la asamblea, mientras discutían incansablemente sobre teoría económica- y el anarquista individualista estadounidense Benjamin R. Tucker.

Rothbard (1926-1995) fue el principal teórico del liberalismo radical Lockeano combinado con la economía austriaca, la cual demuestra que los mercados libres producen prosperidad generalizada, cooperación social, y coordinación económica sin monopolio, depresión o inflación -males, cuyas raíces se encuentran en la intervención del gobierno. Rothbard, que se llamaba a sí mismo “anarcocapitalista”, primero se vio como un hombre de la “Vieja Derecha”, aquél conjunto disperso de opositores al New Deal y al imperio norteamericano personificado por el senador Robert Taft, el periodista John T. Flynn, y más radicalmente, Albert Jay Nock. Sin embargo, Rothbard entendió las raíces izquierdistas del libertarismo.

En su clásico ensayo de 1965 “Izquierda y Derecha: Las Perspectivas de la Libertad”, Rothbard identificó el “liberalismo” -lo que hoy llamamos libertarismo- con la izquierda, “el partido de la esperanza, del radicalismo, de la libertad, de la Revolución Industrial, del progreso, de la humanidad”. La otra gran ideología que surgió tras la Revolución Francesa “fue el conservadurismo, el partido de la reacción, el partido que deseaba restaurar la jerarquía, el estatismo, la teocracia, la servidumbre y la explotación de clases del Antiguo Régimen”.

Cuando la Nueva Izquierda surgió en la década de 1960 para oponerse a la guerra de Vietnam, el complejo industrial-militar y la centralización burocrática, Rothbard fácilmente hizo causa común con ella. “La izquierda ha cambiado mucho, y es responsabilidad de todos los interesados ​​en ideología entender el cambio… [E]l cambio marca una sorprendente y espléndida infusión del libertarismo en las filas de la izquierda”, escribió en “La libertad y la Nueva Izquierda”. Su radicalismo de izquierda fue claro en su interés por la descentralización y la democracia participativa, la reforma agraria campesina en el feudal Tercer Mundo, el “poder negro”, y la ocupación por los trabajadores de las corporaciones estadounidenses, cuyos beneficios procedían principalmente de contratos con el gobierno.

Pero con la desaparición de la Nueva Izquierda, Rothbard restó importancia a estas posiciones y se trasladó estratégicamente hacia la derecha paleoconservativa. Su colega libertario de izquierda, el ex redactor de discursos de Goldwater, Karl Hess (1923-1994), mantuvo la antorcha encendida. En Dear America, Hess escribió: “En la extrema derecha, la ley y el orden significan la ley del gobernante y el orden que sirve a los intereses de ese gobernante, por lo general la disciplina de trabajadores autómatas, estudiantes sumisos, ancianos, o bien, totalmente intimidados hacia la lealtad, o bien totalmente adoctrinados y entrenados en esa lealtad”, mientras que la izquierda “ha sido el lado de la política y la economía que se opone a la concentración del poder y la riqueza” y, en lugar de lo anterior, “defiende y trabaja para la distribución del poder entre el máximo número de manos”.

Benjamin Tucker (1854-1939) fue el editor de la Libertad, la publicación líder del anarquismo individualista norteamericano. Como mutualista, Tucker abrazó rigurosamente el libre mercado y el intercambio voluntario vacío de todo privilegio y regulación gubernamental. De hecho, se describía a sí mismo como un “hombre coherente de Manchester”, en referencia a la filosofía económica de los librecambistas ingleses Richard Cobden y John Bright. Tucker desdeñaba a los defensores del statu quo estadounidense que, al tiempo que favorecían la libre competencia entre los trabajadores para los puestos de trabajo, apoyaban la supresión capitalista de la competencia entre los patrones a través de los “cuatro monopolios” del gobierno: la tierra, los aranceles, las patentes, y el dinero.

“¿Qué causa la distribución desigual de la riqueza?” Tucker se preguntó en 1892. “No es la competencia, sino el monopolio, que priva a los trabajadores de su producto… Destruyamos el monopolio de la banca, establezcamos la libertad en las finanzas, y el interés del dinero bajará gracias a la influencia benéfica de la competencia. El capital se liberará, los negocios florecerán, nuevas empresas aparecerán, habrá demanda de trabajo, y poco a poco los salarios del trabajo se podrán al nivel de su producto”.

Los rothbardianos y los mutualistas tienen algunos desacuerdos en relación a la propiedad de la tierra y las teorías del valor, pero su polinización intelectual cruzada ha acercado filosóficamente más a los dos grupos . Lo que los une y los distingue de los simples defensores de las libertades del mercado, es su aceptación de que la izquierda tradicional se refiere, en particular, a las consecuencias del poder plutocrático y corporativo sobre los trabajadores y otros grupos vulnerables. Pero los libertarios de izquierda difieren de otros izquierdistas en la identificación del culpable. Éste sería la asociación histórica entre el gobierno y las empresas–ya sea el estado corporativo, el capitalismo de estado, o simplemente el capitalismo. De esta forma, verían la solución en el laissez faire radical, la separación total de la economía y el Estado.

Así, detrás de la filosofía político-económica hay un punto de vista de la historia que separa a la izquierda libertaria de la izquierda ordinaria y de los libertarios comunes. Las variedades comunes de ambas filosofías están de acuerdo en que los mercados libres en esencia reinaron en Inglaterra desde la época de la Revolución Industrial, a pesar de que evalúan los resultados de manera muy diferente. Pero los libertarios de izquierda son revisionistas, insistiendo en que la era del laissez faire es un mito. En lugar de una liberalización radical de los asuntos económicos, Inglaterra vio a la élite gobernante manipular el sistema social en favor de los intereses de clase de los propietarios. (El análisis de clase se originó con economistas franceses de libre mercado anteriores a Marx.)

A través del cercamiento, los campesinos fueron despojados de la tierra que ellos y sus parientes habían trabajado por generaciones y se convirtieron a la fuerza en inquilinos o asalariados en las nuevas fábricas, con sus derechos a organizarse e incluso a moverse restringidos por las “laws of settlement”, las “poor laws”, las “combination laws”, y muchas más. En las colonias americanas y en los principios de la república, el sistema fue manipulado de manera similar a través de concesiones de tierras y especulación (para y por los ferrocarriles, por ejemplo), las restricciones al voto, las tarifas, las patentes y el control del dinero y la banca.

En otras palabras, el ocaso del feudalismo y el nacimiento del capitalismo no encontraron a todos listos en la línea de salida en plano de igualdad, ni mucho menos. Como el sociólogo pro-mercado Franz Oppenheimer, quien desarrolló la teoría de la conquista del Estado, escribió en su libro El Estado, no era el talento superior, la ambición, el ahorro, o incluso la suerte lo que separaba a la minoría propietaria de la mayoría proletaria no propietaria -sino el saqueo legal, usando la famosa frase de Bastiat.

Aquí hay algo en lo que Marx tenía razón. Efectivamente, Kevin Carson secunda el elocuente pasaje de Marx: “estos nuevos hombres libres se convirtieron en vendedores de sí mismos sólo después de haber sido despojados de todos sus propios medios de producción, y de todas las garantías ofrecidas por el régimen feudal. Y la historia de esta, su expropiación, está escrita en los anales de la humanidad con letras de sangre y fuego”.

Este sistema de privilegios y explotación ha tenido largos efectos de distorsión que siguen afligiendo a la mayoría de la gente hasta el día de hoy, mientras benefician a la élite gobernante; Carson lo llama “la subvención de la historia.” Esto no es para negar que los niveles de vida hayan aumentado en general en las economías de mercado mixto, sino más bien para señalar que el nivel de vida promedio de los trabajadores sería aún mayor -por no decir menos basado en deuda- y las disparidades en términos de riqueza menos pronunciadas en un mercado liberado.

El “anti-capitalismo de libre-mercado” de la izquierda libertaria no es ninguna contradicción, ni tampoco es un fenómeno reciente. Ésta penetró la Libertad de Tucker, y la identificación de la explotación del trabajador se remonta al menos a Thomas Hodgskin (1787-1869), un radical de libre mercado y de los primeros en aplicar despectivamente el término “capitalista” a los beneficiarios de los favores que el gobierno concedía al capital a expensas del trabajo. En los siglos XIX y XX, el “socialismo” no significaba exclusivamente propiedad colectiva o estatal de los medios de producción, sino que era un término genérico para cualquier persona que creyera que el trabajo era despojado de sus productos naturales en el capitalismo histórico.

Tucker a veces se llamó a sí mismo un socialista, pero denunció a Marx como representante del “principio de autoridad que vivimos para combatir.” Él consideraba a Proudhon el mayor teórico y verdadero campeón de la libertad. “Marx nacionalizaría las fuerzas productivas y distributivas; Proudhon las individualizaría y asociaría”.

El término capitalismo ciertamente sugiere que el capital ha de ser privilegiado sobre el trabajo. Como el autor libertario de izquierda Gary Chartier de La Sierra University escribe: “[E]s lógico que [los libertarios de izquierda] llamen a aquello a lo que se oponen “capitalismo”. Así… se aseguran de que los defensores de la libertad no sean confundidos con personas que utilizan la retórica del mercado para apuntalar un statu quo injusto, y expresan la solidaridad entre los defensores del libre mercado y los trabajadores, de la misma forma que la gente común en todo el mundo utiliza “capitalismo” como una etiqueta taquigráfica para el sistema mundial que limita su libertad y coarta sus vidas”.

En contraste con los libertarios comunes, que no parecen interesarse, o se muestran incluso hostiles, en relación a los problemas laborales per se, los libertarios de izquierda simpatizan naturalmente, con los esfuerzos de los trabajadores para mejorar sus condiciones. (Bastiat, como Tucker, apoyó las asociaciones de trabajadores.) Sin embargo, existe poca afinidad por los sindicatos burocráticos certificados por el gobierno, los cuales representan poco más que una supresión corporativista del movimiento espontáneo y autodirigido de ayuda mutua anterior al New Deal, con sus huelgas de solidaridad “no autorizadas” y sus boicots. Antes del New Deal Wagner Act, los líderes de las grandes empresas como Gerard Swope de GE habían apoyado durante mucho tiempo la legislación laboral por este motivo.

Por otra parte, la izquierda libertaria tiende a albergar un prejuicio contra el empleo asalariado y la a menudo autoritaria jerarquía corporativa, a la cual está sujeta. Los trabajadores de hoy se ven incapacitados por una serie de regulaciones, impuestos, leyes de propiedad intelectual y subvenciones a empresas que, en red, impiden la entrada de posibles empleadores alternativos y del autoempleo. Además, las crisis económicas periódicas desencadenadas por los préstamos al gobierno y la gestión del dinero por la Reserva Federal y la banca amenazan a los trabajadores con el desempleo, poniéndolos más a merced de los jefes.

La cartelización inhibidora de la competencia disminuye el poder negociador de los trabajadores, permitiendo que los empresarios les priven de una parte de los ingresos que recibirían en una economía liberada y completamente competitiva, donde los patrones tendrían que competir por los trabajadores- y no viceversa -y el trabajo por cuenta propia libre de requisitos de licencia ofrecería una vía de escape del empleo asalariado en conjunto. Por supuesto, el trabajo por cuenta propia tiene sus riesgos y no sería para todos, pero sería más atractivo para más gente si el gobierno no hiciera el costo de la vida, y por lo tanto el costo de una subsistencia decente, artificialmente alto de numerosas formas–desde los códigos de construcción y las restricciones de uso del suelo a las normas de productos, las subvenciones de carreteras, y la medicina gubernamental.

En un mercado liberado, los libertarios de izquierda esperan ver menos empleo asalariado y más empresas en propiedad de trabajadores, cooperativas, consorcios, y empresas individuales. La revolución del escritorio, el Internet y las máquinas herramientas de bajo costo hacen de esto más viable que nunca. No habría socialización de costos a través de subsidios de transporte para favorecer al comercio nacional sobre el comercio regional y local. Puede esperarse que un espíritu de independencia provoque un movimiento hacia estas alternativas por la simple razón de que el empleo en cierta medida, implica someterse uno mismo a la voluntad arbitraria de otra persona y a la posibilidad de despido abrupto. Debido a la competencia del empleo por cuenta propia, lo que quedaría del empleo asalariado serían probablemente compañías menos jerárquicas, más humanas, que, a falta de favores políticos, no podrían socializar las deseconomías de escala, tal como las grandes corporaciones hacen hoy en día.

Los libertarios de izquierda, basándose en los trabajos de los historiadores de la Nueva Izquierda, también disienten con la visión libertaria conservadora y común de que la regulación económica de la Era Progresista y el New Deal fueron impuestas por los socialdemócratas a una reacia comunidad empresarial amante de la libertad. Por el contrario, como Gabriel Kolko y otros han demostrado, la élite empresarial -la Casa de Morgan, por ejemplo- se volcó a la intervención del gobierno cuando se dio cuenta menguando el siglo XX de que la competencia era demasiado rebelde para garantizar la participación en el mercado.

Así, la izquierda libertaria ve a los EE.UU. de la posguerra civil no como una época de oro del laissez faire, sino más bien como una corrupta consecuencia de la guerra bajo el control de las empresas, que incluía la usual contratación militar y especulación en valores gubernamentales. Al igual que en todas las guerras, el gobierno ganó poder, y los empresarios bien conectados ganaron fortunas financiadas por los contribuyentes, y por lo tanto, una ventaja injusta en el supuesto libre mercado de la Edad Dorada. “La guerra es la salud del Estado”, escribió el intelectual de izquierda Randolph Bourne. La guerra civil también.

Estas perspectivas históricas en conflicto están bien ilustradas en los escritos de los novelistas pro-capitalistas Ayn Rand (1905-1982) y Roy A. Childs Jr. (1949-1992), un escritor-editor libertario con clara inclinación izquierdista. En la década de 1960 Rand escribió un ensayo con el autoexplicativo título “La minoría perseguida de Estados Unidos: las grandes empresas”, a lo que Childs respondió con “Las grandes empresas y la subida del estatismo en América”, “En gran medida han sido y siguen siendo los grandes empresarios los manantiales del estatismo estadounidense”, escribió Childs.

Una forma de ver la separación de la izquierda libertaria respecto de otros libertarios de mercado es la siguiente: los otros observan la economía estadounidense y ven un mercado esencialmente libre cubierto con una fina capa de intervención Progresista y del New Deal que sólo necesita ser removida para restaurar la libertad. Los libertarios de izquierda ven una economía que es corporativista hasta la médula, aunque con ciertos elementos limitados de libre empresa competitiva. Los programas que constituyen el estado del bienestar son considerados como secundarios y mejorables, es decir, destinados a evitar el descontento social potencialmente peligroso socorriendo y -controlando- a las personas perjudicadas por el sistema.

Los libertarios de izquierda chocan con los demás libertarios sobre todo cuando éstos últimos muestran lo que Carson llama “libertarismo vulgar”. Esto consiste en juzgar a las empresas estadounidenses en el entorno estatal de hoy, como si estuvieran teniendo lugar en el libre mercado. Así, mientras que los libertarios no izquierdistas teóricamente reconocen que las grandes empresas gozan de privilegios monopolísticos, también defienden a las empresas cuando son atacadas por la izquierda, sobre la base de que si no estuvieran atendiendo a los consumidores, el mercado competitivo los castigaría. “Los vulgares apologistas del capitalismo usan el término “libre mercado” en un sentido equívoco”, Carson escribe: “[E] llos parecen tener problemas para recordar, de un momento al siguiente, si están defendiendo el capitalismo existente o los principios de libre mercado”.

Los signos de la confusión de la derecha se pueden ver en la actitud defensiva de la corriente común del libertarismo, ante la crítica de la izquierda en relación a la desigualdad de ingresos, la estructura corporativa de Estados Unidos, los precios del petróleo, o el sistema de salud. Si no hay libre mercado, ¿por qué estar a la defensiva? Generalmente, usted puede volver loco a un libertario no izquierdista, comparando a Europa Occidental favorablemente con Estados Unidos. Ante esto, Carson escribe: “[S]i se llama a sí mismo libertario, no trate de autoengañarse diciendo que el sistema americano es menos estatista que el alemán sólo porque más reinas del bienestar usan trajes de tres piezas… [S]i estamos eligiendo entre los mismos niveles de estatismo, por supuesto voy a tomar el que pese menos sobre mi propio cuello”.

Fiel a su herencia, los libertarios de izquierda se levantan por otros grupos históricamente oprimidos: los pobres, las mujeres, las personas de color, los homosexuales y los inmigrantes, estén documentados o no. La izquierda libertaria ve a los pobres, no como oportunistas perezosos, sino más bien como víctimas de las barreras que el estado pone a la autoayuda, la ayuda mutua, y la educación de calidad. La izquierda libertaria, por supuesto, se opone a la opresión por parte del gobierno de las mujeres y las minorías, pero desean combatir formas no violentas de opresión social como el racismo y el sexismo también. Ya que éstas no se llevan a cabo por la fuerza, las medidas utilizadas para oponerse a ellas tampoco podrán implicar la fuerza o el estado. Por lo tanto, la discriminación sexual y racial deben ser combatidas a través de boicots, publicidad, y manifestaciones, no de la violencia o de leyes contra la discriminación. Para los libertarios de izquierda, la lucha contra el racismo fue mejor llevada a cabo a través de las sentadas pacíficas que con la legislación en Washington, lo que no hizo sino confirmar lo que la acción directa ya había conseguido sin la ayuda de la élite blanca.

¿Por qué los libertarios de izquierda qua libertarios se preocupan por la opresión que no es violenta o estatal? Debido a que el libertarismo postula la dignidad y la propiedad del individuo, mismas que el sexismo y el racismo niegan. Así, todas las formas de jerarquía colectivista socavan la actitud libertaria y por lo tanto, las perspectivas de una sociedad libre.

En una palabra, los libertarios de izquierda favorecen la igualdad. No la igualdad material-que no puede existir sin la opresión y la represión de la iniciativa. No mera igualdad ante la ley–pues la ley puede ser opresiva. Y no sólo igualdad de libertad–pues una misma cantidad de un poco de libertad es intolerable. Están a favor de lo que Roderick Long, a partir de John Locke, llama la igualdad en la autoridad: “la igualdad de Locke implica no sólo la igualdad ante los legisladores, jueces y policías, sino, mucho más importantemente, la igualdad con los legisladores, jueces y policías.”

Por último, como la mayoría de los libertarios comunes, los libertarios de izquierda se oponen firmemente a la guerra y el imperio estadounidense. Ellos abrazan un análisis esencialmente económico del imperialismo: empresas privilegiadas buscan acceso a los recursos, mercados extranjeros para los excedentes de las mercancías, y formas de imponer las leyes de propiedad intelectual sobre las sociedades industriales emergentes para evitar que los fabricantes extranjeros reduzcan los precios mediante la competencia. (Esto no quiere decir que no haya otros factores políticos detrás del impulso del imperio).

Hoy en día los libertarios de izquierda se sienten reivindicados. La política exterior estadounidense ha envuelto al país en interminables guerras abiertas y encubiertas, con sus altos costos en sangre y dinero, en Medio Oriente y Asia Central -con tortura, detención indefinida, y vigilancia entre otros asaltos a las libertades civiles. Mientras tanto, la histórica alianza entre Washington y Wall Street- en la que la imprudencia con el dinero de otros, impulsada por las garantías, los rescates, y la liquidez de la Reserva Federal se disfraza de desregulación–ha llevado a una nueva crisis financiera, con su pesada carga para el estadounidense medio, la inseguridad laboral adicional, y la magnificada influencia de Wall Street.

Tal vileza tan sólo puede acelerar el descubrimiento de la izquierda libertaria como alternativa. ¿Es tal expectativa realista? Quizás. Muchos estadounidenses sienten que algo está profundamente mal en su país. Ellos sienten que sus vidas están controladas por el gobierno y las grandes burocracias empresariales que consumen su riqueza y los tratan como súbditos. Sin embargo, no gustan de la socialdemocracia de estilo europeo, del socialismo y mucho menos del totalitarismo. El libertarismo de izquierda puede ser lo que están buscando. Como el mutualista Carson escribe: “Debido a nuestro afecto por el libre mercado, los mutualistas a veces caemos en desaveniencias con aquellos que tienen una afinidad estética por el colectivismo, o aquellos para quienes “burgués” es una mala palabra. Pero son nuestras tendencias burguesas las que nos ponen en la corriente principal de la tradición populista/radical, y nos hacen relevantes a las necesidades de los trabajadores estadounidenses promedio”.

Carson considera que los ciudadanos están llegando a “desconfiar de las organizaciones burocráticas que controlan sus comunidades y su vida laboral, y quieren más control sobre las decisiones que les afectan. Están abiertos a la posibilidad de alternativas descentralistas al actual sistema, que vayan de abajo hacia arriba”. Esperemos que esté en lo cierto.

Traducido del inglés por Celia Cobo-Losey R.

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