Jonathan Gullible: Capítulo 21

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Ética de grandeza

El Ayuntamiento quedaba en dirección a la plaza. Jonathan pensó que podría tomar un atajo por un callejón lleno de cajas altas de basura. Se apresuró por la pequeña calle oscura intentando ignorar sus sentimientos de intranquilidad luego de abandonar la calle iluminada y concurrida.

De pronto Jonathan sintió un brazo en su garganta y el frío metal de una pistola apretada en sus costillas.

-¡Dame tu pasado o tu futuro! -gruñó la ladrona con ferocidad.

-¿Qué? -dijo Jonathan, temblando-. ¿A qué se refiere?

-Ya me oíste… tu dinero o tu vida -repitió la ladrona, empujando la pistola aun más en el cuerpo de Jonathan. Éste no necesitó más persuasión y puso su mano en el bolsillo para sacar su dinero conseguido con mucho trabajo.

-Esto es todo lo que tengo y necesito la mitad para pagarle al recaudador de impuestos -suplicó Jonathan, escondiendo cuidadosamente las rodajas de pan que le había dado la abuela-. Por favor déjeme la mitad.

La ladrona aflojó su agarre sobre Jonathan. Él casi no podía verle la cara detrás del pañuelo y el ala del sombrero que llevaba puesto. En voz baja y severa, ella se rió y dijo:

-Si tienes que compartir tu dinero, es mejor para ti que me lo des todo a mí y nada al recaudador de impuestos.

-¿Por qué? -preguntó, entregándole el dinero en sus manos fuertes y eficientes.

-Si me das el dinero a mí -dijo la ladrona, poniendo los billetes en una bolsa de cuero que llevaba atada a la cintura- al menos yo me iré y te dejaré tranquilo. Pero, hasta el día que mueras, el recaudador de impuestos se llevará tu dinero, el producto de tu pasado, y lo utilizará para controlar todo tu futuro también. De hecho, en un año desperdiciará más de tus ganancias que lo que pueden llevarte ¡todos los ladrones en la vida!

Jonathan se veía sorprendido.

-Pero con el dinero, ¿el Consejo de Gobierno no hace cosas buenas para la gente?

-Ah, claro -dijo secamente-. Algunos se hacen ricos. Pero si pagar impuestos es tan bueno, entonces ¿por qué el recaudador de impuestos no te persuade de los beneficios y te deja contribuir voluntariamente? Jonathan evaluó la idea.

-Quizá la persuasión llevaría demasiado tiempo y esfuerzo.

-Correcto -dijo la ladrona, haciendo una mueca-. Ése también es mi problema. ¡Ambos ahorramos tiempo y esfuerzos con un arma!

Rodeó a Jonathan con una cuerda delgada y le ató las muñecas, luego lo empujó al suelo y lo amordazó con el pañuelo de éste.

-Ahí está. Me temo que el recaudador de impuestos tendrá que esperar-. Se sentó al lado de Jonathan, que se retorció pero le fue imposible moverse.

-¿Sabes qué? -dijo la ladrona-. La política es una suerte de ritual de purificación. La mayoría de la gente no cree que codiciar, mentir, robar o matar sea bueno. Sencillamente no es lindo, a menos que puedan lograr que un político les haga el trabajo sucio. Sí, la política permite que todos, incluso los mejores entre nosotros, codicien, mientan, roben e incluso maten de vez en cuando. Y aun así todos podemos sentirnos bien al respecto.

Jonathan torció su cabeza e hizo algunos ruidos. La ladrona se rió:
-Así que te gustaría gritar, ¿eh?

Jonathan negó con la cabeza vigorosamente y, para satisfacción de ella, la miró con mirada suplicante.

-Bueno -dijo la asaltante- podría ser divertido oírte gimotear. Pero que no sea muy alto -le advirtió golpeando firmemente el lado de su nariz con el arma-. Puedo dejarte muy incómodo. -Se agachó a su lado y tironeó el pañuelo por debajo de la pera.

Estirando su boca para recobrar sus sentidos, Jonathan la desafió:

-¡Pero robar está mal!

-Quizá. Lo importante es hacerlo a lo grande para que nadie se dé cuenta de que está mal.

-¿Robar mucho para que nadie se dé cuenta de que está mal?

-Claro. Las pequeñas mentiras son malas. A los niños se les enseña a no ser mentirosos. Pero los mentirosos verdaderamente grandes pueden hacer que las calles lleven sus nombres. Si robas un poco puedes ir a la cárcel. Pero si robas mucho, me refiero a todo el campo, entonces haces que tu nombre aparezca tallado en edificios e impreso en todos los libros escolares. Es igual con los asesinatos.

-¿Con los asesinatos también? -retrocedió Jonathan.

-¿Dónde has estado? -descargó la ladrona-. Matar a una o dos personas es suficiente para que te manden a la prisión o te ejecuten. Pero matar a un par de miles te transforma en un héroe que aparece en canciones, estatuas y festejos. A los niños se les enseña a admirar e imitar. Si realizas pequeños actos serás olvidado. Si realizas grandes actos serás tiernamente recordado por un largo tiempo. -Hizo una pausa, luego abruptamente volvió a colocarle la mordaza a Jonathan, ajustándosela con mucha firmeza-. Me has dado una idea -agregó.

Como saliendo de un cascarón, la expresión de la mujer delató el surgimiento de un inteligente plan.

-Creo que necesito un poco de purificación para limpiarme la culpa; y el riesgo.

Frunció el ceño y se concentró por un momento: -Creo que visitaré a Lady Tweed-. Se puso de pie de un salto, se dio vuelta para irse y Jonathan la vio desaparecer por el callejón.

El lugar ahora estaba en silencio. Jonathan sopesaba las palabras de la ladrona luchando contra su atadura. Ahora estaba desvalido a menos que alguien viniera en su rescate. “¡Dame tu pasado o tu futuro!” “¿A qué se refería?”, pensó Jonathan, retorciéndose inútilmente. “Mi dinero, mi propiedad es mi pasado; al menos producto de mi vida pasada. Si se lleva mi dinero, entonces tengo que hacer el trabajo nuevamente para poder volver a ganarlo. Si me hubiese matado, no tendría ni vida ni futuro. En su lugar, me ató, privándome de mi libertad, ¡mi libertad presente!” Jonathan se exasperó al pensar en ese joven policía que había conocido el día anterior. “Oh, ¡dónde está ese tipo cuando realmente lo necesito!”

Pensar en volver a la feria para ganar el mismo dinero nuevamente le dio rabia. Pataleó inútilmente con sus talones. Y si ahora ganaba la misma cantidad de dinero, ¡se lo debería todo al recaudador de impuestos! “Así que la vida, la libertad y la propiedad son todas parte de mi… mi futuro, mi presente, mi pasado. Esa ladrona amenazó mi parte más preciada, para obtener lo que era más útil para ella.”

De pronto una de las cuerdas quemó la piel de su muñeca. “¡Ay! ¡Eso me dolió!” Jonathan dejó de tironear y se relajó por un momento para sopesar su dificultad. Pensó que hasta ese momento nunca se había dado cuenta de lo bueno de ser libre.

Traducido del inglés por Hernán Alberro.

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