Jonathan Gullible: Capítulo 28

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Apresados por trabajar

Jonathan se alejó del gentío ruidoso del teatro y vagó por un largo corredor. Al final del corredor había hileras de personas sentadas en bancos, todas encadenadas juntas con grilletes en las piernas. ¿Se trataba de criminales a la espera de un juicio? Quizás los funcionarios de aquí podrían recuperar el dinero que le habían robado.

A la izquierda de uno de los bancos había una puerta con un cartel: “Oficina de Trabajo Duro”. En la punta más distante del banco había unos guardias uniformados que hablaban en voz baja, ignorando a los tranquilos prisioneros. Las grandes cadenas de estos cautivos aseguraban que había poca esperanza de que escaparan.

Jonathan se acercó al preso más cercano, un joven de alrededor de diez años que no parecía para nada un criminal.

-¿Por qué estás aquí? -preguntó Jonathan inocentemente.

El chico levantó su mirada hacia Jonathan y echó un vistazo furtivo hacia los guardias antes de responder:

-Me atraparon trabajando.

-¿Qué clase de trabajo podría involucrarte en un problema como éste? -preguntó Jonathan, con sus ojos abiertos de sorpresa.

-Estaba reabasteciendo estantes en la Tienda de Ramos Generales de Jack -respondió el joven. Iba a decir algo más pero luego dudó y miró al hombre de cabello gris que estaba junto a él.

-Yo lo contraté -dijo Jack, un fornido hombre de mediana edad con voz profunda. Este comerciante aún llevaba puesto el delantal manchado de su negocio y grilletes en las piernas unidas a las del niño-. El niño dijo que quería crecer y ser como su padre, un gerente de fábrica. Nada más natural que eso, podría decirse. Cuando cerró la fábrica, a su padre le fue difícil conseguir trabajo. Así que pensé que darle un trabajo al niño le haría mucho bien a la familia. Debo admitirlo, también fue bueno para mí. Las grandes tiendas me estaban hundiendo y yo necesitaba algo de ayuda barata. Bueno, ahora todo se acabó. Su cara se tiñó con una mirada de resignación.

El niño continuó:

-En la escuela nunca te pagan por leer y hacer aritmética. Jack sí. Manejo los inventarios y los libros, y Jack me prometió que si hacía bien mi trabajo me dejaría tomar pedidos. Así que empecé a leer los avisos y las revistas de comercio. Y llegué a conocer personas, no sólo a los chicos del colegio. Jack me ascendió y yo ayudé a mi papá a pagar la renta, hasta gané suficiente para comprarme una bicicleta. Ahora se acabó -su voz descarriló y se quedó mirando al suelo-, y tengo que volver a la ilusión.

-La ilusión no es tan mala, hijo, cuando no hay nada mejor -declaró un hombre jovial y pesado con una canasta que rebasaba de rosas amarillas.

Estaba encadenado a la línea del otro lado del niño-. Es difícil ganarse la vida. Nunca me ha gustado trabajar para nadie. Finalmente, pensé que lo había logrado con mi carreta de flores. Me iba bastante bien vendiendo rosas en las calles principales y en la Plaza de la Ciudad. A las personas, es decir, a los clientes les gustaban mis flores. Pero a los comerciantes no les gustaba mucho la competencia. Lograron que el Consejo prohibiera los “vendedores ambulantes”. ¡Un vendedor ambulante! Sí, así me llamaban porque no puedo comprar una tienda. Sino sería un ‘minorista’ o un ‘comerciante’. No quiero ofenderlo, Jack, pero mi forma de venta existió mucho antes que sus tiendas. De todas formas, decían que yo era una molestia, una horrible monstruosidad, un vago, y ahora un ¡ilegal! ¿Cómo pueden imaginar que mis flores y yo seamos todo eso? Al menos no vivía de la caridad.

-Pero estaba vendiendo en las veredas -respondió Jack-. Tiene que dejarlas libres para mis clientes.

-¿Sus clientes? ¿Es usted dueño de los clientes, Jack? Sí, claro, estaba en propiedad del Consejo. Se supone que pertenece a todos, pero no es así, ¿verdad, Jack? En realidad pertenece a quienes más agradan a los Lores.

Jonathan recordó al pescador que había dicho algo similar.

Jack se mofó:

-Pero ¡usted no paga los altísimos impuestos a la propiedad que pagamos los comerciantes!

-¿Y quién tiene la culpa de sus impuestos? ¡Yo no! -replicó el florista irritado.

Jonathan intervino con una pregunta, con la esperanza de calmar el debate:

-Por lo tanto lo arrestaron, ¿así de simple?

-Oh, recibí algunas advertencias. Pero no me interesó seguirles el juego. ¿Quiénes se creen que son? ¿Mis amos? Intento trabajar para mí mismo, no para algún jefe molesto. De todas formas, la prisión está bien. No tengo que trabajar y recibo tres comidas al día y una habitación a expensas del comerciante. Increíblemente, el guardia piensa que me está haciendo un favor. Dice que va a rehabilitarme para que pueda hacer una contribución a la sociedad. Se refiere a los impuestos, no a las flores.

El niño comenzó a gimotear:

-¿Cree que me enviarán también a prisión?

-No te preocupes, niño -lo consoló el florista-. Si lo hacen, seguro aprenderás un negocio práctico… aunque distinto del que tiene en mente el guardia.

Jonathan se dio vuelta hacia un grupo de mujeres vestidas con mamelucos que estaban sentadas al lado, en fila:

-¿Por qué están aquí?

-Tenemos un pequeño bote de pesca. Un oficial nos detuvo mientras levantaba unas canastas pesadas en el muelle -dijo una mujer rígida y áspera con penetrantes ojos azules-. Me dijo que era una violación a las regulaciones de seguridad. -Moviéndose hacia sus compañeras, agregó-: Se supone que las regulaciones nos protegen del abuso en el lugar de trabajo. Los oficiales ya nos han clausurado dos veces, pero nos escapamos de nuevo a los muelles para tener listo el aparejo para la próxima temporada. Nos atraparon nuevamente, y dicen que esta vez nos van a proteger en serio… tras las rejas.

Preguntándose a sí misma en voz alta, dijo:

-¿Qué van a hacer con mi hijo? ¡Sólo tiene tres años! Lo gracioso es que es más pesado que los canastos que estaba levantando y solía llevarlo a cuestas todo el tiempo. ¡Nadie se quejaba de eso!

-¿Le parece gracioso? -dijo un hombre cuya barba gris prolijamente afeitada abultaba su cara juvenil. Codeando al joven que estaba a su lado, agregó: George ha estado trabajando media jornada para mí durante dos inviernos seguidos, una especie de aprendiz. Me ayuda a mantener limpia la peluquería y prepara a todos los clientes. Ahora las autoridades me dicen que estoy en problemas porque no le pagaba el mínimo aceptable para las horas que trabajaba. Y él está en problemas porque intentó trabajar sin unirse al gremio de limpieza de peluquerías. -Arrojó sus manos al aire con exasperación, agregando-: Si le hubiera tenido que pagar lo que dicen, ¡no lo habría podido contratar!

El joven George, con una mirada lúgubre en su cara, se lamentó:

-A esta tasa, y ahora con antecedentes penales, nunca obtendré mi licencia de barbero.

-¿Usted cree tener problemas? -dijo una mujer que se veía orgullosa, claramente tranquila de compartir estas vicisitudes con los demás. Al borde de las lágrimas, presionó un delicado pañuelo de hilo contra sus ojos y dijo-: Cuando la prensa se entere de que yo, la señora Ins, estoy bajo arresto, la carrera de mi marido estará acabada. Nunca pensé que estaba haciendo algo malo. ¿Qué habría hecho usted?

Abrazando a una joven pareja encadenada a su lado, la señora Ins siguió adelante:

-Hace algunos años tenía una casa enorme, tres chicos que iban a los mejores colegios, y quise retomar mi carrera. Así que le pedí a mi vecino que me sugiriese una manera de conseguir ayuda en mi hogar. Wilhelm e Hilda vinieron muy bien recomendados así que los contraté en el momento. Hilda es maravillosa con el jardín y el carruaje. Puede arreglar cualquier cosa en el hogar y hace cualquier cantidad de mandados. Y Wilhelm, tan amable, me salvó la vida. Es tan bueno con los chicos. Siempre está cuando lo necesito. Cocina, limpia, corta el cabello. En fin, hace infinidad de quehaceres mucho mejor que yo. Mis chicos aman sus galletas. Cuando regreso a casa me puedo relajar con mi marido y jugar con los niños.

-Suena a la ayuda que todos querrían tener -dijo Jonathan-. ¿Qué fue lo que salió mal?

-Todo era perfecto al principio. Luego mi esposo recibió una nueva designación para dirigir la Oficina de Buena Voluntad. Sus opositores realizaron una investigación acerca de nuestras finanzas y hallaron que nunca habíamos pagado la jubilación impuesta de Wilhelm e Hilda.

-¿Por qué no? -preguntó Jonathan.

-No podíamos permitírnoslo en ese entonces. Los impuestos eran altos y mis ingresos al principio eran bajos, así que simplemente no podríamos haberlos contratado si hubiésemos tenido que pagar los impuestos. Además, nunca se les hubiera permitido cobrar sus beneficios jubilatorios.

Wilhelm dijo:

-Un informe fiscal hubiera sido muy malo para nosotros.

Su esposa lo codeó y agregó:

-Ten cuidado, Will. Sabes todo lo que hemos arriesgado al venir aquí.

-Bueno, señora -dijo valientemente a la señora Ins- usted salvó nuestras vidas. Nos escapamos de nuestra isla originaria debido a la hambruna y a la brutal guerra civil que había allí. No teníamos opción: o escapábamos de la isla o moríamos de hambre o éramos asesinados. Así que nos fuimos y vinimos a Corrumpo. Si la señora Ins no nos hubiese ayudado, nos habrían enviado de regreso a la muerte.

-Sí -dijo Hilda en una voz suave y apacible-, le debemos nuestras vidas, y ahora sentimos que esté involucrada en este lío por nuestra culpa.

La señora Ins se movió con esfuerzo para suspirar y decir:

-Mi esposo perderá su ascenso en la Oficina de Buena Voluntad y quizá también su antiguo trabajo. Ha sido el titular de la Primera Comisión de Corrumpo, promoviendo el orgullo nacional. Sus enemigos lo acusan de hipocresía.

-¿Hipocresía? -preguntó Jonathan.

-Sí. La Primera Comisión de Corrumpo desalienta a los nuevos recién llegados.

-¿Nuevos recién llegados? -repitió Jonathan-. ¿Quiénes son los viejos recién llegados?

-¿Los viejos recién llegados? ¡Ja! El resto de nosotros -dijo la señora Ins-. A lo largo de los años nuestros ancestros han venido de algún lugar como recién llegados, ya fuera escapando de la opresión o intentando mejorar sus vidas. Pero los nuevos recién llegados son los inmigrantes recientes. Están prohibidos por la Ley Quitalaescalera.

Jonathan tragó con dificultad. No se animaba a pensar qué le sucedería si los oficiales descubrían que él era también un nuevo recién llegado. Intentando parecer sólo casualmente interesado, preguntó:

-¿Por qué no quieren nuevos recién llegados?

La pescadora interrumpió:

-Los que tienen poder en el Consejo de Gobierno están preocupados por la competencia. Los nuevos recién llegados podrían trabajar más duro, o más horas, o por menores salarios a mayores riesgos. Podrían hacer las tareas que ninguno de nosotros quiere hacer.

-Un momento. Hay muchas quejas legítimas acerca de los nuevos recién llegados -dijo Jack-. Los nuevos recién llegados no siempre conocen el idioma, la cultura, las formas y las costumbres de nuestra isla. Yo admiro su espíritu (son valientes al arriesgar sus vidas para venir aquí como extraños) pero lleva tiempo aprender todo y no hay suficiente espacio. Es más complicado que cuando vinieron nuestros ancestros.

Jonathan pensaba en los bosques deshabitados y los campos que había visto en las afueras cuando la señora Ins agregó con orgullo:

-Mi marido dio esos mismos argumentos contra los nuevos recién llegados. Siempre dijo que los nuevos recién llegados primero debían aprender nuestro idioma y nuestras costumbres antes de que se les permitiera quedarse aquí. También deben tener dinero, habilidades, autosuficiencia, y no deberían ocupar ningún espacio. Mi esposo delineó una nueva ley para identificar y deportar a los nuevos recién llegados pero había un pequeño problema. La descripción legal de los nuevos recién llegados se aplicaba más a nuestros propios hijos que a la gente como Wilhelm e Hilda.

Justo en ese momento por la puerta aparecieron unos hombres con trajes rígidos balanceando maletines. Se acercaron a la señora Ins, y ésta se encogió de temor. Uno de los hombres le hizo un gesto a los guardias para que le sacaran los grilletes:

-Queremos expresar nuestras más profundas disculpas por esta desafortunada confusión, señora Ins. Le podemos asegurar que esto se está resolviendo en el más alto nivel.

Visiblemente aliviada, siguió a sus escoltas a lo largo del amplio vestíbulo sin animarse a decir una palabra a Wilhelm o a Hilda. Los otros miraron con un silencio muerto interrumpido sólo por el ruido de las cadenas. Cuando la señora Ins estuvo fuera de vista, los guardias se dirigieron a Wilhelm e Hilda, abrieron sus grilletes y empujándolos violentamente los separaron del resto en dirección opuesta:

-Afuera, basura. Vuelvan al lugar de donde vinieron.

-Pero no hicimos ningún daño -suplicaron Wilhelm e Hilda-. Moriremos.

-Ése no es mi problema -gruñó el guardia.

La pescadora esperó hasta que hubieran bajado las gradas y hubieran cerrado la puerta detrás de sí, luego masculló bajo su respiración:

-Sí, lo es.

Jonathan tembló suavemente, pensando en el destino que le esperaba a la pareja y quizá también a él. Levantó su mirada y le preguntó a la mujer:

-¿Así que todos los que están encadenados aquí es porque trabajaron sin permiso?

Señalando hacia el otro extremo de la fila donde un joven tenía la cabeza enterrada entre sus manos, la mujer respondió:

-Si lo ves de esa manera, él es la excepción. Las autoridades insistieron en que se inscribiera como soldado. Se negó; así que le pusieron las cadenas como al resto de nosotros.

Jonathan no podía ver la cara del joven, sin embargo se preguntaba por qué los mayores del pueblo le pedirían a alguien tan joven que luche por ellos:

-¿Por qué las autoridades lo quieren obligar a ser soldado?

La pescadora le respondió directamente:

-Dicen que es la única forma de proteger a nuestra sociedad libre. Sus palabras hicieron eco en las orejas de Jonathan, entre el ruido metálico de las cadenas.

-¿Protegerla de quién? -preguntó Jonathan.

-De quienes nos pondrían cadenas -se quejó la mujer.

Traducido del inglés por Hernán Alberro.

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