Jonathan Gullible: Capítulo 30

0
[easy-social-share buttons="facebook,twitter,google,linkedin" counters=0 total_counter_pos="none" hide_names="force" template="grey-circles-retina"]

¿La brillante idea de quién?

-¡Urra, urra! -gritó un hombre al máximo de su capacidad. Los ancianos y ancianas quedaron alterados. Miraban a esta inesperada interrupción con asombro. El intruso era muy elegante, con un bigote cuidadosamente afeitado a la última moda. Ingresó en la sala con un cortejo de hombres vestidos con trajes negros. Lo lisonjeaban como si sus vidas dependieran de él. Su líder se acercó a la mesa a buscar una tasa de café apartando a los demás con un gesto de su mano. Como si fuera un ganado, su séquito se corrió hacia un rincón de la habitación y esperó pacientemente.

-Felicitaciones -dijo Jonathan-, por lo que sea que esté celebrando.

Jonathan se sintió obligado a servirle café a este dandi, mientras observaba las rectas líneas y la precisión de su vestimenta:

-¿Le molesta si le pregunto por qué está tan feliz?

-Para nada -dijo con orgullo-. Gracias por el café. ¡Ay! ¡Está caliente! -Bajando la tasa de café, el hombre estiró su mano hacia Jonathan diciendo-: Mi nombre es George Selden. ¿Y el tuyo?

– Jonathan. Jonathan Gullible. Un gusto.

George sacudió con firmeza la mano de Jonathan:

-Jonathan, hoy mis riquezas están aseguradas. Acabo de ganar un voto decisivo por mi invento: el metalfilosoenunpalo.

-¿Qué voto?

-Con el menor de los márgenes la Corte Suprema confirmó mi patente.

-¿Qué es una patente? -preguntó Jonathan.

George declaró alardeando:

-Es sólo el trozo de papel más importante de Corrumpo. El Consejo de Gobierno promulgó una comunicación dándome el uso exclusivo de una nueva y revolucionaria idea para cortar árboles. Nadie podrá utilizar un metalfiosoenunpalo sin mi permiso. ¡Seré asquerosamente rico!

Los pensamientos de Jonathan saltaron hasta la primera mujer que había visto luego de su naufragio:

-¿Cuándo inventó eso?

-Oh, yo no tuve la idea. Charlie Gooday, pobre tonto, se encargó de todo y presentó los papeles ante la Oficina de Control de las Ideas. Le pagué a Charlie una pequeña suma por los derechos a su presentación y ¡pronto dará sus ganancias! -Asintiendo por encima de los hombros a su comitiva, George agregó-: Charlie nunca habría podido contratar a esa flota de abogados por sí solo.

-Entonces ¿quién perdió la votación? -preguntó Jonathan.

George suspiró:

-Cientos de otros tipos iguales a Charlie que sostenían que habían pensado en esto antes que yo; ejem, antes que Charlie, en realidad. Algunos manifestaron que era la idea lógica más próxima a la piedraenunpalo. ¡Ja! Hasta la abuela de Charlie presentó un reclamo con el argumento de que ella había hecho posible sus descubrimientos. Y algún escritor intentó inmiscuirse diciendo que Charlie le robó las ideas a él. -Hizo una pausa lo suficientemente larga para tomar un sorbo de café-: Pero esta última votación fue la más dura. La demandante alegó que había unido madera y metal hacía mucho tiempo. Ahora no puedo ni recordar su nombre. En realidad no importa. Se presentaron más de veinte testigos falsos. Dijo que era una curiosidad de ella, un pasatiempo, dijo que estaba intentando hacer su trabajo más sencillo. Jugó con la simpatía de los jueces al argumentar que ella era sencillamente una taladora de árboles y no tenía suficiente dinero para la cuota de presentación de la patente. Luego le arruiné el juego cuando di a conocer sus antecedentes criminales. ¿Mala suerte, no?

-¿Suerte? -respondió Jonathan.

-Supongo que quería un lugar en los libros de historia. Ahora, nadie sabrá de ella. -Bajando nuevamente su tasa, George se recostó contra la pared y estudió las cuidadas uñas de su mano derecha, disfrutando abiertamente de su momento de gloria-. Cada uno de estos casos tuvo un giro único -siguió George-. Algunos dijeron que yo no podía ser dueño del uso de una idea que priva de libertad a los demás. Pero la corte dijo que podía porque Charlie fue el primero en presentar los papeles y no hay lugar para quienes llegan después. Soy dueño de la idea por diecisiete años. La compré justa y honradamente.

-¿Diecisiete años? ¿Por qué diecisiete años? -preguntó Jonathan.

-¿Quién sabe? -se rió entre dientes-. Un número mágico, supongo.

-Pero si usted es dueño del uso de una idea, entonces ¿por qué termina después de diecisiete años? ¿Pierde toda su otra propiedad luego de diecisiete años?

-Emmm -George hizo una pausa y volvió a tomar café; luego a revolverlo pensativamente- buena pregunta. Por lo general no hay límite de tiempo para los derechos de propiedad, a menos que el Consejo lo expropie por un propósito social más alto. Quizá haya un propósito social más alto. Espera un momento. -Levantó su mano y un hombre que estaba en el rincón de la habitación se acercó corriendo.

Este hombre casi se arrojó al lado de George:

-¿Qué puedo hacer por usted, señor?

-Devan, dígale a este joven por qué no puedo ser dueño de la patente por más de diecisiete años.

-Sí, señor. Bueno, es así. Hace mucho tiempo las patentes sencillamente daban monopolios reales a los amigos del monarca. Hoy, sin embargo, la función de una patente -dijo Devan en una monótona voz legal- es motivar a los inventores que, de lo contrario, no tendrían ninguna razón para inventar cosas útiles o dar a conocer sus secretos. Hace un siglo, un inventor supersticioso convenció al Consejo de Gobierno de que seis meses menos que dos aprendices y medio daban los suficientes privilegios monopólicos como para motivar a los inventores.

-Corríjame si me equivoco -dijo Jonathan, esforzándose por entender-. ¿Usted dice que los inventores son motivados por el deseo de enriquecerse impidiendo que los demás utilicen sus ideas?

George y Devan se miraron inexpresivamente. George respondió: – ¿Qué otro motivo podría haber?

Jonathan se deprimió un poco ante la falta de imaginación de estas personas:

-Así que todos los fabricantes de metalfilosoenunpalo ¿les deben pagar a ustedes?

-Eso o los obligo exclusiva, cuidadosamente -dijo George.

Devan se rió nerviosamente, mirando a George de reojo:

-Ejem, bueno eso todavía no es seguro, señor. Tenemos un equipo trabajando en eso. Recuerda que al principio tuvimos que lidiar con la molesta Ley de Taladores de Árboles que impide el uso de herramientas nuevas. Tenemos agendada otra reunión con Lady Tweed hoy mismo. Si tenemos éxito en obtener una exención a la ley, entonces quizá los taladores de árboles nos hagan una oferta para sentarse sobre la nueva idea durante diecisiete años. -Volviéndose hacia Jonathan, Devan explicó-: Los taladores de árboles tienen una noción elegante, pero arcaica de que su primer modo de uso de una vieja idea debería estar protegida por encima de nuestro uso de una nueva idea. Desde el punto de vista de ellos, nosotros somos los que llegaron tarde.

George estaba perdido. Sin pensarlo comentó: -Esa Ley de Taladores es claramente antiprogresista, ¿no le parece? Sé que puedo contar con usted, Devan. Siempre está adelantado en el juego.

-Pero señor, -insistió Jonathan- ¿qué hubiera hecho si hoy no hubiese ganado en la corte?

En un grandilocuente gesto con sus manos, George agarró a Devan y a Jonathan por los hombros, guiándolos cálidamente hacia la puerta como si fuera a anunciar el fin de su conversación:

-Jovencito, si no hubiera ganado hoy puedes apostar que no estaría aquí charlando. Si pudiera derribar esa Ley de Taladores, contrataría a la mejor fábrica para hacer metalesfilososenunpalo más rápido que cualquier competidor. Mi asistente estaría buscando otro trabajo. ¿Verdad, Devan? Quizá producción, marketing, o investigación. Cada metalfilosoenunpalo tendría que llevar la innovación más fina para estar ¡un paso adelante del resto!

-¡Oh! ¡Suena horrible! -se rió Devan con disimulo.

Traducido del inglés por Hernán Alberro.

Print Friendly, PDF & Email