Más terribles verdades acerca de los republicanos

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Mientras continúa materializándose la debacle económica que afrontan los estadounidenses, los responsables se ponen a cubierto con diez senadores republicanos rechazando acudir a su propia convención nacional. Hace cuatro años, señalamos que la llamada “filosofía republicana” del pequeño gobierno, la moneda fuerte y los presupuestos equilibrados era ilusoria en términos históricos y de las políticas entonces actuales del Partido Republicano. [1] Sin embargo, ni siquiera nosotros podíamos haber adivinado lo terrible que se haría la política económica del Partido Republicano. Del mero mercantilismo, el Partido Republicano está ahora flirteando con una política económica completamente socialista y otra Gran Depresión.

El Partido Republicano se fundó sobre el gran gobierno y la intervención económica con base en los programas económicos del icono federalista Alexander Hamilton y el líder whig Henry Clay. De hecho, el término “New Deal” se acuñó en 1865 para caracterizar a Lincoln y el programa económico de su Partido Republicano. Los republicanos se convirtieron en el partido “mercantil” de las grandes empresas, el gran gobierno, la protección exterior, el control monetario centralizado, las fuertes restricciones a la inmigración y la política exterior agresiva.

Del New Deal de FDR a la Gran Sociedad de LBJ, las políticas demócratas forzaron a muchos activistas del libre mercado a entrar en el redil republicano. Gente como Robert Taft, Barry Goldwater, Ronald Reagan y, por supuesto, Ron Paul representan esta facción de libre mercado en el Partido Republicano. Por ejemplo, los mercados libres, la desregulación, y los presupuestos equilibrados se convirtieron en el mantra republicano (ni no en realidad) durante la administración Reagan. La marginación orquestada de Ron Paul es solo un indicador de que la facción del libre mercado se ha dispersado y ahora los mercantilistas están firmemente al mando. De hecho, mientras aguantamos los actuales males económicos, podemos ver que el Congreso dominado por los republicanos (1994-2006) y las administraciones de George W. Bush han transformado el mercantilismo al estilo republicano en un socialismo corporativo.

Dañino gasto militar, presupuestos desequilibrados, irresponsabilidad fiscal, proteccionismo y concesiones monopolísticas a amigos son el modo de actuar del antiguo estilo republicano. El nuevo estilo es audaz, sin precedentes y verdaderamente terrible para la economía. Empieza con la Reserva Federal controlada por republicanos, que, bajo Alan Greenspan y Ben Bernanke, ha inundado la economía con dinero y crédito y rescatado en todas las crisis económicas desde1987. Las admoniciones de Greenspan contra la “exuberancia irracional” aparentemente no pretendían restringir la política monetaria irresponsable de la Reserva Federal. ¿Quién en sus cabales podría decir honradamente que la Fed no tuvo nada que ver con la burbuja monetaria después de llevar el tipo de interés nominal al 1% y proclamar que el mercado hipotecario estaba bien regulado?

Pero una forma insidiosa de “política basada en el mercado” es también la culpable real del actual embrollo. En 1999 se aprobó una ley por un Congreso republicano que fue sancionada por el presidente demócrata Bill Clinton, que eliminaba la separación de la época de la Depresión de las actividades de la banca comercial de las de la banca de inversión, la llamada Ley Glass-Stegall de 1933. Eso abrió las compuertas a instrumentos financieros “creativos” respaldados por billetes y otro papel comercial. Mucha de la regulación bancaria de la administración Roosevelt (incluyendo el abandono del patrón oro) no tenía ningún sentido, pero los mercados pueden quebrar con temibles consecuencias a corto plazo bajo un sistema monetario fiduciario. Con la Glass-Stegall, el Congreso daba en el clavo y mitigaba la tendencia y tentaciones de los bancos de crear externalidades masivas y costosas para la sociedad, en este caso, poseyendo títulos por lotes con respaldo hipotecario, que se consideraban seguros por las agencias de calificación, pero que acabaron fracasando en el mercado.

La Ley de Modernización de los Servicios Financieros de 1999 habría tenido perfecto sentido en un mundo desregulado con un patrón oro, una banca de reserva al 100% y sin seguro de depósitos de la FDIC; pero en el mundo tal y como es, esta “desregulación” equivale a bienestar corporativo para instituciones financieras y a un riesgo moral que hará que lo paguen alegremente los contribuyentes. Esos privilegios públicos no son nada nuevo para los republicanos (pensemos en las subvenciones efectivas a los sectores farmacéutico, azucarero y acerero), pero este regalo concreto a las instituciones financieras es lo que permitió que la burbuja crediticia se expandiera hasta esas absurdas proporciones, porque permitió a bancos de todos los tipos dedicarse a transacciones cada vez más arriesgadas y a expandir enormemente el apalancamiento de sus balances. Al desarrollarse la crisis, el crédito continúa contrayéndose, aumenta el riesgo de quiebras bancarias y se hace más evidente la posibilidad de consecuencias económicas mucho más serias. La crisis de las cajas de ahorro cuesta a los contribuyentes unos pocos cientos de miles de millones, pero esta crisis tiene potencial para imponer a los contribuyentes varios billones en rescates.

Hasta ahora, la solución republicana ha sido rescatar a prestamistas (profesionales ricos del sector financiero en su mayor parte) que tomaron decisiones poco sensatas en el mercado, con subsidios y subvenciones en años electorales. Con Hank Paulson, el antiguo CEO de Goldman Sachs, como Secretario del Tesoro y los grandes bancos en el Consejo de Directores de la Fed de Nueva York, no debería sorprender demasiado que la Fed haya estado escuchando solo a Wall Street mientras ignora a Main Street.

Pero el problema real es que sus políticas llevarán a la nacionalización de buena parte del mercado de las hipotecas inmobiliarias. El 30 de julio de 2008, el presidente George Bush sancionó una ley que rescata a Fannie Mae y Freddie Mac con una pérdida estimada para los contribuyentes  de 25.000 millones de dólares, según la Oficina del Presupuesto del Congreso (CBO, por sus siglas en inglés). El rescate pretende estabilizar la economía a corto plazo, pero este erróneo asentimiento al socialismo tendrá efectos desastrosos a largo plazo. Primero, de acuerdo con la mayoría de las estimaciones económicas, la propuesta que tendrán que comerse los contribuyentes es muchas veces mayor que la risible pequeña cantidad que estima la CBO. El economista Don A. Rich ha calculado las posibles pérdidas como mínimo en de 1,3 a 1,6 billones de dólares siempre que baje el precio de la vivienda,  como máximo de 2,5 billones (si el precio de la vivienda imita al de la Gran Depresión). Las consecuencias secundarias de cualquiera de estos escenarios serían catastróficas al acomodar la Reserva Federal (dentro del sistema de moneda fiduciaria) la deuda respaldada por el contribuyente. La deuda real se inflaría  la renta real estadounidense podría reducirse hasta un 20%.

La expansión de la autoridad de la Reserva Federal es casi tan alarmante como nacionalizar el sector hipotecario. Aunque el rescate incluye las típicas reducciones en el tipo de los fondos federales y el tipo de descuento, también incluye acciones sin precedentes para subastar préstamos de tipo de descuento, aceptar títulos con respaldo hipotecario a cambio de Títulos del Tesoro de la Fed y la financiación de la apropiación de Bear Sterns por J.P. Morgan. En mayo, la Fed empezó a permitir hacer lo mismo a Fannie Mae y Freddie Mac, aunque esos privilegios para prestar se han restringido tradicionalmente a bancos comerciales que han estado sometidos a una supervisión regulatoria más estricta. Todo esto es previsible, dada la derogación de la Glass-Stegall, que expandía las malas prácticas empresariales que ahora “requieren” la expansión del rescate.

Pero vemos un problema económico a largo plazo aún más insidioso, si esto es imaginable. El riesgo moral es endémico para este plan respaldado por Bush para “aliviar” la economía en un año electoral. Aunque la ley aprobada el pasado julio sí incluye algunas regulaciones más rígidas para las empresas hipotecarias, innegablemente aumenta los incentivos para los participantes del mercado (compradores y vendedores) para realizar comportamientos arriesgados. Ese es uno de los productos del socialismo financiero bajo una sistema de monedad fiduciaria, un sistema que beneficia principalmente a los prestamistas ricos. Cara, ganas; cruz, no pierdes.

Además todos los incentivos para prestamistas con ánimo de lucro y compradores con pocos activos estarán listos para una debacle hipotecaria continua o recurrente. Las instituciones financieras no solo tienen “protección” mercantil del gobierno federal en términos de regulaciones: se convertirán en brazos sociales del gobierno. Mientras que los demócratas indudablemente facilitaron estas actividades económicas como compañeros de viaje, los republicanos, especialmente George W. Bush accedieron. (Su única objeción fue a una concesión de  4.000millones de dólares a estados y ciudades para “renovar” casas ejecutadas). La alternativa económica está clara: o mantener un sistema de creación fiduciaria de dinero y restaurar las prohibiciones en el activo de la Ley Glass-Stegall o abandonar o modificar completamente el sistema existente de moneda y banca, incluyendo posiblemente elementos de un patrón oro. Sin alguna alteración básica en las normas, todo el sistema económico continuará estando en peligro, así como el predominio estadounidense en el mundo de las finanzas.


[1] Robert B. Ekelund y Mark Thornton, «Republican Redux», Review: Milken Institute (Tercer Trimestre, 2003): 5-7 y Robert B. Ekelund, «The Awful Truth about Republicans» (25 de marzo de 2004).


Publicado el 4 de septiembre de 2008. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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