La ignorancia de la revista New York

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[Este artículo está transcrito del podcast  Libertarian Tradition]

El 26 de diciembre, la revista New York incluía un artículo (“The Trouble with Liberty,” de Christopher Beam) que ha provocado algo de blogging y más que tibis protestas entre libertarios y observadores del movimiento libertario durante las tres emanas que han pasado desde entonces. El economista austriaco Bob Murphy publicó una respuesta hace unas pocas semanas aquí en Mises.org y era una buena respuesta, identificando incisivamente los problemas de la forma en que el artículo de la revista New York retrataba las ideas libertarias acerca de impuestos, política bancaria y guerra.

Me gustaría añadir unos pocos comentarios propios a los que hizo Bob, centrando mi atención en distintos temas y quizá haciendo mi parte para hacer que algunos libertarios entiendan que, en general, este artículo es algo bueno, no malo. Vale, no ganará ningún premio por la precisión con la que retrata a los libertarios y sus ideas. Pero el autor, un joven freelancer (de menos de 30 años) hizo sus “deberes”, como señalaba Bob Murphy. Por decir las cosas un poco más exactamente, Beam hizo un estudio rápido del material relevante, de forma que podía parecer más conocedor de lo que es realmente, una de las habilidades básicas que tienes que dominar, me parece, si quieres ser un practicante de éxito del periodismo intelectual. Y, en general, lo hizo bastante bien.

Como dice Bob Murphy, Beam “no estaba tratando de hacer un trabajo agresivo” y “trata de ser justo con los libertarios”. El propio Bob consiguió leer dos tercios del artículo de Beam antes de siquiera empezar a sentirse molesto por algo en él. Escribe que “los seguidores de Murray Rothbard deberían estar agradecidos” al menos por algunos pasajes del artículo, tan justo y equilibrado con son con respecto a los libertarios y el movimiento libertario.

No hace falta decir que todo el artículo no es tan justo y equilibrado como puede serlo en ciertos pasajes. Pero incluso cuando Beam comete los habituales errores de bulto que comete la gente que trata de entender el movimiento libertario desde el exterior, consigue ser menos ofensivo de lo que podría haber sido. Como la mayoría de la gente de fuera, Beam se ve fuertemente lastrado por la idea de que libertarios y conservadores tienen algo en común más allá de ponerse los pantalones en una pierna cada uno. Es decir, se ve fuertemente lastrado por la idea de que libertarios y conservadores tienen algo en común ideológicamente.

Beam da pronto evidencias de entender realmente lo que es el libertarismo. Cita la definición ofrecida por David Boaz, del Instituto Cato en su libro Libertarianism: A Primer, “la opinión de que cada persona tiene el derecho a vivir su vida de cualquier forma que elija, mientras respete el mismo derecho de otros”. Es una buena definición. Pero antes incluso de que puedas empezar a sentir agradecimiento hacia el joven Beam, este lo lía todo. “Como cualquier filosofía política”, escribe, “el libertarismo contiene miles de subvariantes, que van de los anarquistas que quieren destruir el estado a conservadores ordinarios que solo quieren poner el poder en manos locales”.

¿Eh? ¿Y cómo “conservadores que solo quieren poner el poder en manos locales” ejemplifican “la opinión de que cada persona tiene el derecho a vivir su vida de cualquier forma que elija, mientras respete el mismo derecho de otros”? ¿Cómo exactamente se consideran como “libertarios” en absoluto esos conservadores? ¿Las leyes que regulan las drogas que puede tomar la gente, las imágenes que puede mirar y lo que puede leer (entusiasmos perennes de los conservadores) se hacen de alguna forma “libertarios” por imponerlos a la gente las “manos locales”?

En otro pasaje, Beam insiste en que “el tea party es lo más cercano a un movimiento libertario de masas en la memoria reciente”, a pesar del hecho de que, según reconoce él mismo, “los miembros del tea party analizados por el Cato se dividen por mitad entre social-conservadores y social-liberales, siendo la mitad de ellos republicanos tradicionales y la otra mitad libertarios”. ¿Pero qué tipo de “libertarios” son estas personas? ¿El tipo que dice que quiere impuestos más bajos, un gobierno más pequeño, un mercado libre y libertad personal, pero que también cree que es “autodefensa” lanzar bombas sobre civiles inocentes que resultan tener la mala fortuna de vivir cerca de gente que el gobierno de EEUU considera enemiga? Boletín de noticias: esa gente no son libertarios en absoluto, independientemente de cuántas leyes sobre marihuana quieran cambiar y lo profundamente que aprueben el matrimonio gay.

Beam también escribe que “los libertarios quieren menos intrusión del estado en el mercado, lo que les alinea con los republicanos, pero también menos interferencia en decisiones sociales, lo que les alinea con los demócratas”. Error en ambos casos. Primero, los republicanos no quieren menos intrusión del estado en el mercado. John McCain, el candidato a presidente del 2008 por el Partido Republicano y un buen ejemplo de republicano ortodoxo, apoyó el rescate del sector de los servicios financieros de Obama. También apoya regular el tabaco como una droga.

Segundo, los demócratas no quieren necesariamente menos interferencia en decisiones sociales. Son los demócratas los que nos han dado leyes que regulan lo que es políticamente correcto, es decir, lo que podría ofender a alguien. Son los demócratas los que nos reclaman que prohibamos o regulemos todo producto legal que algún burócrata haya decidido que “no es bueno para ti”. Son los demócratas los que apoyan más firme y fanáticamente leyes que restringen la propiedad y uso de armas de fuego.

Hay que reconocer que aun así la comprensión de las realidades política estadounidenses de Beam no es tan basta como para pensar en los libertarios como simplemente parte de la Derecha Estadounidense. Como dice él mismo: “no hay razón interna para que los librecambistas y los social-conservadores deban estar aliados bajo el paraguas republicano”. Es verdad, reconoce, que “los republicanos hablan el lenguaje del libertarismo. Hablan de disminuir el gobierno y recortar el déficit”. Pero Beam considera francamente esta forma republicana de hablar como “hipocresía”. Pues los republicanos no solo “evitaron cuidadosamente ser concretos respecto de la reducción de déficit”, también han seguido una política constante en el poder: “hablan de disminuir, hacen crecer. Incluso la deidad de la derecha Ronald Reagan aumentó el gobierno federal, rescató la Seguridad Social y aprobó subidas de impuestos. Bush 43 fue solo el último en una larga lista de gastadores republicanos”.

No debería sorprender, por tanto, que “el libertarismo tenga también seguidores en la izquierda, solo que se organizan sobre temas distintos. Mientras que los libertarios derechistas se preocupan por impuestos y rescates, los libertarios izquierdistas rechazan suspensiones de hecho del habeas corpus, vigilancia y restricciones sobre con quién puedes casarte”. Así, “los libertarios de derechas acusan a la presidencia de Bush de mentir con la palabrería del gobierno pequeño impulsando la Parte D del Medicare, la NCLB y la guerra de los 3 billones de dólares”, mientras que “los libertarios de la izquierda están furioso porque Obama habló mucho sobre libertades civiles, pero ha cedido en todo, desde [la Foreign Intelligence Surveillance Act] a la [Defense of Marriage Act] a Gitmo. Entretanto, el país afronta un déficit masivo y creciente (¡demasiado gobierno!) que ningún partido tiene el poder o la inclinación para arreglarlo”.

Beam piensa que es importante que, como dice “las mayores victorias de la derecha y la izquierda en las pasadas semanas de esta sesión lame-duck del Congreso trataban de rebajar el gobierno: recortes fiscales y eliminar las esposas del ‘no preguntes, no digas’”. Comenta: “Si hubo alguna vez un tiempo para emplear la energía libertaria (a derecha e izquierda), es ahora”.

Beam va más allá. La polémica justo antes de Acción de Gracias sobre los nuevos escáneres corporales de los aeropuertos de la TSA, escribe, “fue un recordatorio de lo fuerte, no digamos lo alto, que está la fuerza libertaria en la política estadounidense”. Cree que

nunca ha habido un mejor momento para ser libertario que ahora. La derecha sigue atacando políticas intervencionistas como el TARP, el paquete de estímulo y la reforma de la atención sanitaria. Ciudadanos de todas las tendencias políticas retroceden ante el estado niñera, que es más niñera que nunca, aprobando leyes contra el tabaco, prohibiendo las grasas saturadas, promoviendo cuentas de calorías, prohibiendo los cigarrillos de sabores, atacando a Four Loko y considerando un impuesto a los refrescos en Nueva York. Todo eso, más algunos agentes de la TSA que quieren ocuparse de tu equipaje.

Beam presenta algunas estadísticas interesantes para respaldar esta parte de su argumento. Informa, sin identificar su fuente, de que “aproximadamente uno de cada diez estadounidenses se identifica como libertario”, aunque, por supuesto, muchos “menos se consideran libertarios de ‘movimiento’. La mayoría no están suscritos a Reason o acuden a conferencias en el Instituto Cato. (…) Pero muchos son libertarios sin saberlo. Es decir, se identifican como conservadores económicamente y liberales socialmente”.

Como ya he señalado, esta forma de clasificación rudimentaria pero eficaz (“económicamente conservador y socialmente liberal”) no es particularmente útil si se trata de separar a los libertarios de los estatistas que les rodean. “Económicamente conservador” es en realidad otro nombre para mirar favorablemente ventajas para grandes empresas: los conservadores no defienden realmente un mercado verdaderamente libre. Y en buena parte son responsables aquellos que se consideran como “socialmente liberales”, no solo por la penetración reciente del estado niñera en temas de nutrición, sino también por la continuación y extensión de leyes restringiendo la posesión de armas de fuego.

Más importante resulta que se puede ser “económicamente conservador” y “socialmente liberal” teniendo al tiempo una postura profundamente antilibertaria de que está bien, o incluso es admirable, hacer llover la muerta sobre terceros inocentes por una disputa entre estados, uno de los cuales bien puede ser peor que el otro, pero siendo ambos ilegítimos. Aun así, Beam informa de que la cifra de estadounidenses que se describen a sí mismos como “económicamente conservadores” y “socialmente liberales” parece estar creciendo. “En una encuesta de Gallup de 2009”, señala,

el 23% de los estadounidenses respondieron a preguntas acerca del papel del gobierno en una forma que les categoriza como libertarios, hasta el 18% en 2000. Una encuesta realizada por Zogby para el Instituto Cato ha puesto el voto libertario en torno al 15%. Si se hace más vaga la expresión, aumenta el número. Cuando la encuesta de Zogby preguntaba a los votantes si se describirían como “fiscalmente conservadores y socialmente liberales, también conocidos como libertarios”, la cifra aumenta al 44%. Cuando se les preguntó simplemente si eran “fiscalmente conservadores y socialmente liberales”, un 59% respondió que sí.

Por supuesto, cuanto más “vaga la expresión”, mayor será el riesgo de contar como libertaria a gente que se considera erróneamente libertaria porque no entiende realmente que conlleva e implica el libertarismo. Aun así, con todas mis cautelas a un lado por el momento, para esperanzador que una proporción tan grande de los adultos estadounidenses piensen en sí mismos como defensores de un gobierno pequeño y barato, un mercado libre y una sociedad en la que la gente se ocupe de sus propios asuntos como quieran, una sociedad en la que “todo lo que es pacífico” es tolerado.

Por otro lado, sea lo que sea lo que diga la gente a los encuestadores, como quiera que se identifiquen a sí mismos, no es todavía posible alcanzar ninguna porción importante de la agenda libertaria mediante el uso del proceso político. Como dice Beam, “Si un libertario quiere ser elegido, va a tener que renunciar  unos pocos principios, tratar la realidad como existe. Pas lo mismo si quiere legislar”. Apunta que “desde las elecciones” que hicieron senador por Kentucky al supuestamente libertario Rand Paul, el recién elegido senador “ha desafiado la ortodoxia republicana sugiriendo que desea recortar el gasto militar”. Pero “durante una aparición en la CNN el 9 de noviembre”, una semana después de las elecciones, “acabó la entrevista sin nombrar ningún recorte en el gasto”. Y respecto de la apuesta heroica de Ron Paul de abolir el Consejo de la Reserva Federal, escribe correctamente Beam, “si lo intentara, los republicanos le callarían tan rápidamente como los demócratas”.

Podría parecer irónico que los objetivos libertarios sean inalcanzables políticamente en la actualidad, aunque “nunca ha sido un mejor momento para ser libertario que ahora”. Pues, como señala Beam:

No hay idea más fundamental para la historia de nuestro país. Todo grupo político reclama a los Fundadores como propios, pero los libertarios tienen más boletos que la mayoría. La Revolución Americana fue un movimiento libertario, rechazando el poder altivo del gobierno. La Constitución fue un documento libertario que limitaba el papel del estado a las necesidades más básicas de la sociedad, como un parlamento para aprobar leyes, un sistema de tribunales para interpretarlas y una milicia para protegerles. (Aunque algunos Fundadores, como John Adams y Alexander Hamilton, quisieran centralizar el poder). Todos los adornos dirigidos por el gobierno que llegaron después (la Fed, las carreteras, las escuelas públicas, un sistema social de 1,5 billones de dólares anuales) fueron en realidad alejamientos del núcleo duro libertario de nuestro país.

Y así fue. Por cierto, contrariamente a la bastante ingenua suposición de Beam, la Constitución de EEUU fue un alejamiento del núcleo duro libertario de nuestro país. Fue, en realidad, el documento de fundación de la contrarrevolución que se puso en marcha solo unos pocos años después de que la propia revolución supuestamente ganara e inmediatamente empezó a echar atrás sus logros. Si Beam entendiera mejor las realidades de la historia estadounidense, no habría cometido este error.

Igualmente, podría argumentarse que si más estadounidenses entendieran mejor las realidades de la historia estadounidense, podrían estar más dispuestos a apoyar reformas libertarias en las urnas. Por ejemplo, como dice Christopher Beam, la mayoría de los estadounidenses creen que

Hay razones por las que nuestra sociedad actual evolucionó desde un documento libertario como la Constitución. La Reserva Federal se creó después del pánico de 1907, para ayudar al gobierno a reducir la incertidumbre económica. La Ley de Derechos Civiles era necesaria porque los “derechos de los estados” se habían convertido en una justificación para prácticas inconstitucionales. El sistema de bienestar evolucionó porque no bastaba con la caridad privada.

Bueno, no. La Constitución no es un documento particularmente libertario. La Reserva Federal no “ayuda al gobierno a reducir la incertidumbre económica”. El gobierno es el origen principal de incertidumbre económica y la Reserva Federal es la principal herramienta para crear esa incertidumbre. La Ley de Derechos Civiles en realidad prohibió la libertad de asociación sobre propiedad privada, que, hasta ese momento, había sido completamente constitucional. Y en realidad una combinación de caridad privada y familias ocupándose de los suyos bastaba para atender casi todos los casos de indigencia hasta la época del New Deal. Sobre cosas más concretas, ver el libro de 1992 de Marvin Olasky, The Tragedy of American Compassion. El sistema de bienestar evolucionó para dar a los políticos algo que intercambiar por votos y cumplir los programas de ciertos intereses especiales políticamente influyentes.

Beam haría bien (como todas las demás partes interesadas) en echar un vistazo al artículo de Murray Rothbard, “Orígenes del estado del bienestar en Estados Unidos”, escrito aproximadamente al mismo tiempo que el libro de Olasky. Por ejemplo, Rothbard nos recuerda que, entre los intereses cabildeando duro por la adopción de la Ley de Seguridad Social en 1935 estaban “grande empresas, que ya estaban proporcionando voluntariamente costosas pensiones de vejez a sus empleados [y estaban esperando] usar al gobierno federal para obligar a las pequeñas empresas de su competencia a pagar similares programas costosos”.

Como explica Rothbard, la legislación posibilitadora del despilfarro de la Seguridad Social “penaliza deliberadamente al empresario de bajo coste (…) y le ataca aumentando artificialmente sus costes en comparación con el gran empresario. Por supuesto, también se daña a los consumidores y los contribuyentes que se ven obligados a pagar esta generosidad”.

Así que, en general, estoy de acuerdo con Bob Murphy en que Christopher Beam hizo sus deberes antes e empezar su artículo, “The Trouble with Liberty”. Estoy de acuerdo en que no pretendía atacarnos. Y creo que, en general, hizo un trabajo inusualmente meritorio, particularmente para alguien tan joven y para ser una reportero que trabaja en los medios ortodoxos. El principal problema de Beam y la naturaleza básica de la ignorancia de la revista New York, es un cierto grado de analfabetismo histórico. Pero eso es común en nuestra sociedad. Por tanto, es una de las cosas principales en las que tenemos que centrarnos en nuestros esfuerzos educativos para llegar al día en que sea alcanzable algo seriamente próximo al libertarismo en este país.


Publicado el 28 de enero de 2011. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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