¿Puede el comercio dañar alguna vez a un país?

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2001Un artículo reciente del Guardian se une al creciente clamor contra el libre comercio. Su mensaje principal es que los países que a los países que adoptaron reforma “neoliberales” de mercado, recomendadas por economistas académicos, les ha ido peor que a aquellos países que ignoraron a los supuestos expertos y rechazaron el libre comercio. Cada vez que releo el artículo (con el subtítulo “Un vistazo a Vietnam y México destapa el mito de la liberalización del mercado”) descubro más mentiras. Para horrar el precioso tiempo del lector, finalmente decidí dejar de hurgar en busca de más errores y apuntar los que ya había encontrado.

Medición defectuosa

Aunque cuestione la sabiduría de los economistas profesionales, el artículo del Guardian consigue encontrar doctores promocionando su mensaje:

El economista de Harvard, Dani Rodrik, es escéptico respecto del comercio. Tomemos México y Vietnam, dice. Uno tiene una larga frontera con el país más rico del mundo y un acuerdo de libre comercio con su vecino a través del Río Grande. Recibe muchísima inversión de entrada y envía a sus trabajadores en oleadas a través de la frontera. Está completamente integrado en la economía global. El otro estuvo sujeto a un embargo comercial de EE. UU. hasta 1994 y sufrió restricciones comerciales durante años después de esto. A contrario que México, Vietnam no es ni siquiera miembro de la OMC.

¿Así que cuál de los dos tiene el mejor historial económico reciente? La pregunta no debería tener dudas si todas las teorías del libre comercio fueran correctas: México debería estar muy por delante de Vietnam. En realidad, la verdad es la contraria. Desde que México firmó el acuerdo NAFTA (…) con EE. UU. y Canadá en 1992, su tasa de crecimiento de renta por cabeza apenas a estado por encima del 1%. Vietnam ha crecido en torno al 5% anual en las pasadas dos décadas.

Hay varios problemas con este pasaje. Primero, el NAFTA no es un acuerdo de libre comercio, igual que la Patriot Act no trataba de patriotismo y la Ley de Seguridad Social no era ni segura ni social. El NAFTA tiene más de 1.000 páginas, detallando todo tipo de regulaciones medioambientales y laborales y estableciendo consejos supranacionales para resolver disputas. Si el NAFTA realmente no hiciera nada más que establecer un comercio libre, tendría el tamaño de una postal y no habría actualmente aranceles entre México y EE. UU.

Pero incluso dejando aparte este problema, el Dr. Rodrik se equivoca al afirmar que el libre comercio se suponga que alcance tasas de crecimiento mayores que el proteccionismo. (Para ser justo, muchos economistas pro-comercio exponen solo este argumento). Rebajar las barreras comerciales causará un aumento inmediato en la renta real, pero no llevará necesariamente a aumentos perpetuos año tras año. El crecimiento económico por cabeza (e incluso aquí tropezamos con todas las dificultades del cálculo del PIB) se debe a factores como la innovación tecnológica, la reforma institucional y la inversión neta de capital. Así que el libre comercio causará tipos más altos de crecimiento a largo plazo solo si opera a través de estos factores.

Por hacer una analogía, supongamos que una directora contrata un trabajador medioambiental recién salido de la universidad. Naturalmente, el nuevo empleado tendrá una productividad creciente al ir aprendiendo en el trabajo. Ahora un día la directora descubre que su nuevo trabajador trabaja con su brazo izquierdo atado detrás de la espalda. Después de desatar su brazo izquierdo, el nuevo trabajador experimenta un inmediato impulso en su productividad. Pero después de este repunte inicial, no hay razón para suponer que el aumento porcentual en el crecimiento de la productividad continuará siendo superior, año tras año, del que tenía mientras trabajaba con un hándicap artificial.

Un tercer problema importante de la cita anterior es que presupone que las evidencias estadísticas pueden imponerse a las leyes económicas. Como veremos, en todo el artículo apenas hay algún intento de rebatir la lógica de la ventaja comparativa. El alegato del libre comercio es que, en igualdad de condiciones, un país concreto sería materialmente más rico si el gobierno no impusiera gravámenes a su propio pueblo cuando compran productos extranjeros. Como tal, la proposición no está abierta a prueba empírica. Los que quieran demostrar que el libre comercio no produce un nivel de vida superior tienen que demostrar el defecto en el argumento: basarse en episodios históricos (en los que muchas variables pueden cambiar) es una prueba no concluyente y puede llevar al investigador a confundir correlación con causa.

Por supuesto, los oponentes del libre comercio estarán exasperados con un argumento así: ¡qué evidente debe parecer que los economistas ortodoxos están ciegos a la realidad cuando ignoran el claro contraejemplo que ha presentado Rodrik! Pero dejadme ilustrar el método defectuoso en la cita anterior cambiando ligeramente el argumento: Se podría argumentar igualmente que los casos de México y Vietnam “demuestran” que para lograr un alto crecimiento económico, un país debería tratar de ser bombardeado despiadadamente por aviones de guerra de EE. UU. o que verse afectado por la gripe aviar es la vía más segura al desarrollo.

Las reformas no liberales del FMI

El lector no debería interpretar mis quejas anteriores como que esté completamente en desacuerdo con Rodrik. Como explica el artículo del Guardian, “[Rodrik] busca en vano historias de éxito de tres décadas de ortodoxia neoliberal: naciones que hayan triunfado después de seguir los consejos (…) del FMI y el Banco Mundial”.

Esto es algo que socialistas y otros críticos menos radicales de la economía ortodoxa han estado diciendo durante años. El patrón es el siguiente: El gobierno de un país “subdesarrollado”, a menudo controlado por una dictadura militar corrupta, echa por tierra su economía mientras acumula deuda masivamente. Al estar a punto de quebrar, el régimen acude al Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial, que rescatan a los déspotas novatos del agujero que habían cavado.

A cambio de los préstamos o la ayuda, los gobernantes aceptan “reformas de austeridad neoliberal” como aranceles más bajos, mejoras en disciplina presupuestaria y empresas estatales privatizadas. No es sorprendente que los beneficios de las políticas de “laissez faire” no se materialicen nunca y a menudo los países acaben impagando sus préstamos y cayendo más profundamente en el estancamiento.

Lo verdaderos librecambistas no tienen que preocuparse por esas tristes historias, pues sus doctrinas todavía tienen que ponerse a prueba. Burocracias internacionales mundiales como la FMI no están llenas de ideólogos radicales antigubernamentales. Aunque presentada como liberalización, los paquetes impuestos a los gobiernos faltos de efectivo no son una fotocopia sacada de las obras de Bastiat. (Por ejemplo, antes de que Argentina pudiera conseguir se rescate, tuvo que aceptar aumentar impuestos, ya que esto reduciría el déficit presupuestario). Hay asimismo todas las razones para suponer que la corrupción infesta el propio proceso de préstamo: después de todo, elñ FMI y el Banco Mundial no son entidades privadas cuyos accionistas puedan ganar o perder miles de millones dependiendo de la solidez de los préstamos.

Además, deberíamos considerar la inclinación en las muestras de estos “experimentos”. Para evaluar el éxito empírico del libre comercio, Rodrik debería realizar regresiones en todos los países y ver cuánta importancia puede atribuirse a barreras comerciales altas o bajas. Lo que ha hecho en su lugar es mirar a economías dominadas por autoritarios corruptos que, como último recurso desesperado por mantener su gobierno, se someten reticentemente al consejo de economistas formados en universidades izquierdistas. Difícilmente es una prueba justa de la eficacia del liberalismo de mercado. (Por el contrario, los famosos estudios del Instituto Frasier demuestran -¡sorpresa!- que la libertad va de la mano de la fortaleza económica). Finalmente, como ha explicado recientemente Lew Rockwell, la misma idea de forzar a los países a ser libres no tiene sentido: sobornarlos para que sean libres no es mucho mejor.

El argumento de la industria incipiente

Después de hacer lo alegato empirista, el artículo del Guardian cambia de marcha (y de economistas), pasando a una explicación más teórica de por qué es malo el libre comercio. Cita a Ha Joon Chang, que argumenta que “hay un alegato histórico respetable a favor de la protección arancelaria para sectores que no son todavía rentables. (…) Por el contrario, el libre comercio solo funciona bien en el mundo teórico de fantasía de la competencia perfecta.

Debo confesar que el último comentario de Chang es bastante difícil de entender. La defensa habitual del libre comercio realizada ya en el siglo XIX por David Ricardo, no se basa en absoluto en la suposición de mercados perfectamente competitivos. No, se basa en la idea bastante sencilla de que si otro país puede producir un bien concreto con un coste menor (en términos de otros bienes potenciales que pudieran producirse con los recursos del país), entonces la población nacional será más rica si importa ese bien del país extranjero y usa los recursos nacionales para producir aquellas cosas en las que tenga ventaja. Si digo a un neurocirujano que no desperdicie su tiempo fabricando sus propios jerséis y fabricando su propio automóvil, indudablemente no confío en las suposiciones del modelo de competencia perfecta.[1]

El artículo continúa luego señalando algo especialmente tonto que he oído muchas veces a defensores de los aranceles:

Remontándonos a mediados del siglo XVIII, Chang dice que la opinión de Pitt el Viejo era que no debería permitirse a los colonos americanos fabricar ni una herradura.  Adam Smith estaba de acuerdo. Sería mucho mejor para todos que los americanos se concentraran en los bienes agrícolas y dejaran las manufacturas a Gran Bretaña.

Antes de continuar con la lección de historia, quiero interrumpir y apuntar la mentalidad planificadora de Chang y el escritor del Guardian. Dudo seriamente que Adam Smith dijera que “no debería permitirse” a los colonos americanos hacer nada; en todo caso, ningún librecambista moderno diría algo tan ridículo. Lo que diría un verdadero amigo de la libertad es que en ausencia de interferencia del gobierno, los colonos americanos se habrían concentrado en los bienes agrícolas (y por tanto habrían sido más ricos) si fuera ahí donde tuvieran la ventaja comparativa. En un giro bastante orwelliano, Chang piensa que al abstenerse de gravar a los colonos cuando compraban bienes británicos, el gobierno de EE. UU. estaría diciendo a los fabricantes estadounidenses que no se les permitía funcionar. Pero volvamos al análisis:

La lección está clara, dice Chang. Corea del Sur seguiría exportando peluca hechas con pelo humano si hubiera liberalizado su comercio en línea con el pensamiento actual. Aquellos países que liberalizaron prematuramente por presión internacional (Senegal, por ejemplo) vieron a sus empresas manufactureras arrasadas por la competencia extranjera.

Además de poner en duda la economía ortodoxa, Chang también es aparentemente un mago que puede decirnos qué bienes estaría exportando Corea del Sur si la historia hubiera seguido una ruta diferente. Es solo un ejemplo más de confusión de correlación y causa: solo porque EE. UU. adoptó las barreras arancelarias de Alexander Hamilton y se convirtiera en una potencia económica, no demuestra que esta sea la vía para la industrialización. (Para un ejemplo opuesto, Gran Bretaña creció al máximo en su poder durante la época dorada del librecambismo).

Ahora mismo sería ridículo que Brasil trasladara toda su mano de obra rural a fábricas de automóviles: el empobrecimiento resultante de ese movimiento debería estar claro incluso para economistas profesionales como Chang. Eso no significa que los brasileños estén condenados eternamente a las exportaciones agrícolas: si, por ejemplo, adoptaran un patrón oro puro, limitaran el gasto público al 1% del PIB y ahorraran el 50% de su renta cada año, con el tiempo Brasil probablemente tendría la economía más avanzada del mundo. Lo que pasa es que la industrialización solo debería tener lugar cuando esté garantizada económicamente: aumentar las barreras arancelarias para estimular artificialmente el proceso solo enmascara la situación y hace más difícil precisar la pérdida en renta potencial.

La analogía de los niños

En un artículo anterior, apunté que la supuesta inteligencia de proteger a las industrias incipientes (que será escudarlas ante la competencia a degüello hasta que pudieran mantenerse por sí mismas) puede manejarse perfectamente bien en el mercado libre. Las nuevas empresas sufren pérdidas constantemente en sus primeros años al ir ganando experiencia, crear una base de clientes, etc. Si realmente tuviera sentido estimular un nuevo sector que tomara tiempo antes de poder competir con empresas extranjeras, entonces lo haría el mercado libre, igual que estudiantes de medicina y derecho pueden acumular enormes deudas sabiendo que sus futuros salarios justificarán su comportamiento.

Después de dar este argumento, ofrecía (lo que creía que era) una reducción al absurdo bastante inteligente: Si tiene sentido proteger las industrias incipientes, entonces también deberíamos proteger a los “trabajadores incipientes” poniendo impuestos adicionales a aquellos bienes producidos por trabajadores de más de 30 años. De otra forma, ¿cómo podría un joven competir en el mercado laboral? Si seguimos el dogma del mundo de fantasía de Adam Smith, ¿no estaría el tímido joven de 16 años condenado para siempre a revisar entradas de cine o vender BigMacs?

Por desgracia, Chang también usa la analogía:

De la misma manera que protegemos a nuestros hijos hasta que crecen y son capaces de competir con adultos en el mercado laboral, los gobiernos de países en desarrollo tienen que proteger sector ahora emergentes hasta que pasen un periodo de aprendizaje y sean capaces de competir con los productores de países más avanzados.

A la vista de esta sorprendente cita tengo que abandonar la cortesía y decirlo abiertamente: No “protegemos” en modo alguno a nuestros hijos de la forma en que Chang y otros quieren proteger la manufactura nacional. Mi padre indudablemente nunca pago dinero extra al municipio cada vez que compraba un producto a un adulto, en lugar de contratarme a mí para fabricar la cosa en cuestión.

Y en la medida en que un padre haya hecho algo remotamente similar a los aranceles (por ejemplo, contratar a su propio hijo para cortar el césped por 10$ la hora aunque el servicio de jardines lo haría por la mitad) seguiría siendo un uso voluntario del dinero propio. Nadie va por ahí quitando dinero a las parejas sin hijos cuando compra bienes fabricados por adultos para “proteger” a la próxima generación de trabajadores. Pero esto es lo que pasa con la protección arancelaria: Los consumidores se ven obligados a pagar impuestos a sus gobiernos si se atreven a comprar productos fabricados por extranjeros.

Conclusión

Ciertamente este artículo no se ha centrado la defensa positiva del libre comercio, como se hecho en muchos otros lugares. Lo que he hecho antes es simplemente ilustrar los argumentos inválidos (y a veces sencillamente estúpidos) que, por desgracia, incluso economistas con formación usan para justificar un mayor gobierno.

[1] En la economía ortodoxa, hay modelos en los que un país grande puede alterar beneficiosamente los “términos del comercio” con sus socios comerciales implantando un “arancel óptimo”. Es posible que esto sea lo que Chang tenía en mente, pero, sin más contexto, no queda claro.


Publicado originalmente el 5 de enero de 2006. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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